El hombre, antes de ser sedentario y formar sus grandes ciudades, era nómada. Echó raíces una vez aprendió a cultivar vegetales y criar ganado.
Y así, desde que se creó la primera comunidad fija, nació la necesidad de viajar del punto A al punto B. Pasaron los años, y el hombre aprendió a escribir y atrás quedó la prehistoria; los garabatos que pasaron a ser fundamento de registros históricos nos dicen que con el tiempo y el advenimiento de las clases sociales, los más afortunados viajaban con pompa y su séquito incluía a cocineros y provisiones.
Para los demás, no había tal séquito, sino apenas un saquito con costras de pan viejo. Para aliviar al viajero, brotaron al pie del camino albergues y hostales en los cuales poder tumbar el cuerpo y llenar la panza.
Sin embargo, no es este, sino el fenómeno metropolitano el que nos ocupa hoy: el del restaurante.
Si bien las ruinas de Pompeya contienen restos de una taberna en la que se expendía comida y vino, podríamos decir que el precursor del restaurante moderno es el café.
Desde que se abrió el primero en Constantinopla en 1475 (se llamaba Kiva Han), comenzó lentamente a esparcirse la costumbre por Europa. Para 1645 abrió uno en Italia, en 1652 fue en Inglaterra y en París se abrió en 1672, unos años después de que el embajador de Turquía le enseñó a Luis X IV a tomar café.
VEA El origen de los restaurantes de hoy