Martín Torrijos lee sus discursos a través de un panel lumínico y transparente que se ubica a medio metro de sus narices y refleja las palabras que, desde el piso, proyecta un televisor. Se llama teleprompter y es un sistema que introdujo al país Ernesto Pérez Balladares. Permite que el Presidente aparezca suelto de cuerpo y mirando a la cámara, como si no estuviese leyendo, sino improvisando. Sin embargo, Torrijos, como todos los presidentes del mundo, lee. Y los textos que lee esconden tras su elaboración historias de lo más diversas y hasta la participación –pluma en mano– de todo el Gabinete.
El sistema de elaboración de los textos comienza semanas antes del día de su lectura. El Presidente se reúne con sus funcionarios más cercanos y entre todos definen los temas que hay que comunicar.
En la segunda fase cada ministerio se encarga de elaborar un pequeño texto técnico en relación con los temas específicos de su sector. Esos textos, luego, llegan al escritorio de Jorge Eduardo Ritter, quien se encarga de hilvanar las partes: estructura los textos, suma todas las voces técnicas y luego le inyecta los postulados torrijistas.
Por lo general, en la elaboración de los discursos también se suman elementos propagandísticos. Como por ejemplo el "Ahora es cuando", el eslogan que acompañó las publicidades en relación con la reforma fiscal.
Ritter ocupa un lugar muy importante en el esquema de poder del Presidente. Es un histórico del PRD, fue canciller en dos oportunidades y tiene mucha experiencia en la gestión del Estado. Ahora es el encargado de equilibrar el contenido de los textos para que ninguno de los grupos que pueblan el universo Torrijos se sienta ajeno a las palabras del Presidente. La Patria Nueva lo respeta por trayectoria y por la influencia que ejerce en el Presidente. En el PRD, a su vez, lo perciben como uno de sus mejores cuadros. Y lo más importante, según los hombres del gobierno, Ritter es la mejor pluma del partido. Cuando Ritter logra elaborar artesanalmente un texto, se lo devuelve al Presidente, en una copia única. Lo primero que hace Torrijos es leerlo en voz alta. Practica su dicción. En ese sentido, de los viejos empleados de la Presidencia, ninguno olvida las horas que le dedicaba Ernesto Pérez Balladares a leer una y otra vez sus discursos –siempre a solas– hasta sentirse preparado.
Pero Torrijos parece ser menos puntilloso. Lo lee un par de veces, hace algunas anotaciones al margen y luego se lo pasa a sus hombres de confianza. Como si el texto fuera un cadáver exquisito, todos los ministros le meten mano. Le suman una idea, matizan otra: lo corrigen hasta la obsesión. La versión final jamás está lista hasta minutos antes de que Torrijos suba a escena.
El análisis del contenido de los tres grandes discursos que ha dado el Presidente hasta la fecha vuelve evidente la estrategia conceptual que impulsa Torrijos: poner en práctica los preceptos de su padre, pero usando métodos de la administración empresarial. Esta táctica se revela en los discursos. Lo estructuran hombres del partido y lo culminan en la intimidad del Presidente.
Hasta ahora, Torrijos ha sido presentado como un hombre de acción, dispuesto a solucionar los grandes problemas que padece el país. En sus discursos se proyecta como el hombre que sintetiza en su persona lo mejor de la historia de Panamá: es torrijista pero democrático, es político pero no corrupto y quiere imponer el progreso permanente. Claro que para eso debe superar las turbulencias que, sutilmente, se hacen ver como una herencia maldita del viejo Panamá.
No importa que algunos de los hombres del gobierno hayan participado de la debacle del Estado. Torrijos –lo dicen sus discursos– llega para consensuar el proyecto de "equidad" que su padre intentó imponer a la fuerza. Hoy, en la Asamblea, el Presidente hará un balance de su gestión. El discurso ya está listo.
Los oradores que hicieron historia en Panamá
La experiencia de hablar en público no es algo que todos los políticos celebren. Mireya Moscoso, por ejemplo, prefería leer en papel porque eso le
permitía el anonimato de la lectura rígida, en lugar de utilizar el teleprompter, en la que el orador debe estar atento a las cámaras de televisión.
Ernesto Pérez Balladares no tenía ese problema. El ex presidente preparaba sus textos y los leía varias veces hasta sentirse tranquilo.
Guillermo Endara ni leía ni escribía: directamente improvisaba. Así, son míticas sus pausas eternas, sus contradicciones pero también la cuota de humor con las que salía de los tranques discursivos.
Aristides Royo, a su vez, era un gran orador. En broma le decían "pico de oro".
Sin embargo, eso no evitó que en una velada de la Organización de Estados Americanos leyera dos veces el mismo discurso. Su secretaria le sacó mal las copias y una parte del texto se repetía. Royo leyó todo. Aunque se dio cuenta, no se detuvo.