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Viaje por el pico del cóndor

Este es el relato de un viaje por la cordillera de los Andes, pasando por nevados, lagunas y selvas, hasta llegar a Machu Picchu, el santuario inca.

Viaje por el pico del cóndor

Abro los ojos y todo está oscuro. Unos minutos antes me había despertado el canto de un gallo.

Cantó una, dos, tres, cuatro veces, como si le hubiesen encomendado la misión de decirnos que ya era casi de día en la cordillera de los Andes. Con movimientos torpes salgo del saco de dormir, ese invento tan simple como maravilloso que mantuvo mi cuerpo caliente en la noche helada.

El campamento está al pie del nevado Humantay, en la cadena montañosa de la cordillera. Si miro de frente, puede verse a lo lejos el Apu Salkantay, el gigante blanco que parece tocar el cielo. En quechua significa la montaña rebelde, un punto crucial de esta travesía por tierra a Machu Picchu.

El clima es gélido. El viento frío rasga los rostros y una especie de humo denso sale de mis entrañas a medida que respiro. Son varios grados bajo cero. El sherpa, el nombre que alguien del grupo le puso a nuestro guía por aquello de los superhéroes del Himalaya, se acerca a mi carpa con pasos cautos. Frente a la entrada, pone un humeante té de coca.

Para soportar este camino salvaje hay que tomar té de coca o masticar las hojas del potente alcaloide venerado en la cultura andina y odiado en otros lares. Será un día duro. Serán varios días así.

EL PARAÍSO

¿Por qué camino? ¿Por qué camina la gente? ¿Por compromiso? ¿Acaso para bajar de peso? ¿Por recomendación médica? ¿Se camina para ser feliz? ¿Qué motiva a una mujer acostumbrada a las ciudades ruidosas para un viaje solitario por el indómito camino de las montañas peruanas? No hay respuestas complejas. Este es un viaje para trascender, para abrazar la libertad, para agradecer a la Pachamama. Es para la vida, un viaje para volver a creer. Para olvidarse de que somos temporales.

Llegar a Machu Picchu después de andar cuatro días por la ruta del Salkantay, una vía alternativa al saturado camino inca tradicional. Esa es la base de esta historia.

Y lo estás haciendo. Dirigir tus pasos por rutas estrechas. Alcanzar el abrazo de una montaña inmensa. Observar los picos de los nevados. Besar la lluvia que lanza trozos de hielo sobre tu piel. Amar la noche de estrellas infinitas y ver las llamas pastar en pueblos remotos. O asombrarte con las nieblas perpetuas.

Sonreírle al arriero, compartir el agua, tenderle la mano al caminante que pisó mal. Envidiar la libertad del cóndor que vuela entre las nubes. Llorar cuando el macizo te robe el aliento, y tu cuerpo resentido te pida que pares. Dar gracias al sol que te quita el frío, sentir el alma agitada por el peso de la altura. Evocar la sabiduría del imperio inca. Dejarse llenar los pulmones de aire. Poner la mente en blanco y adorar el silencio. Y entonces, conocer la plenitud.

EL PRIMER DÍA

El camino empieza un lunes de septiembre. El sherpa aparece en la puerta del lugar donde me hospedaba en Cuzco a las 3:30 de la madrugada. Con mi mochila de 60 litros en las espaldas, botas de trekking, y con mi piel cubierta por telas calientes para combatir el furor del páramo, me lanzo a la aventura.

El bus de la agencia de turismo (es casi imposible hacer este trek por cuenta propia) se incorpora al tráfico. Es el momento de recoger a otras personas que harán la travesía: cuatro chicos de las Islas Canarias y dos paraguayas. Más adelante se unen otros coequiperos.

Después de unas tres horas de sortear curvas infinitas, sientes que en cualquier momento caerás en un precipicio, pero acostumbras la vista a la majestuosidad de valles y montañas. Estamos en Mollepata. Es un pueblito de tierras fértiles cubiertas por un cielo azul intenso, famosas por sus batallas épicas. Allí los incas se disputaron el poder supremo con los chancas, pero Pachacútec, el líder, el guerrero, el hijo del sol, los derrotó. En ese poblado del Valle de los Incas tomamos el primer desayuno. Estamos en una casa sencilla con un espacioso salón en su parte trasera. Hay varias mesas dispuestas para la primera comida del día. Primero, té de coca. Después, más té de coca. Aparece una lugareña con un cuenco lleno de pan recién horneado, mantequilla y mermelada. Pregunta si hablamos español o inglés.

Desaparece y regresa con frutas y huevos revueltos. Llegan dos buses más. Ahora hay más de 20 personas en el improvisado restaurante. Rubios altos, mujeres blancas de pelo negro, morenos, pelirrojos. Muchas nacionalidades. Vamos por el mismo camino.

CAMINO AL IMPERIO ETERNO

De Mollepata vamos en bus a Challacancha. Es el punto de partida hacia el camino que nos llevará a Machu Picchu, si caminamos entre montañas, nevados, lagunas, ríos y selva tropical.

Entregamos las pesadas mochilas a los porteadores, o chasquis, como se les llamó en el imperio inca a los mensajeros y hombres que transportaban la carga. Ellos cargarán nuestras pertenencias, primero en un bus y luego en caballo. En tiempos de la supremacía incaica, los chasquis, hombres ágiles y fuertes, recorrían la red de caminos de la cordillera llevando mensajes o cargando cosas. Soportaban la intensidad de las rutas y los caprichos del clima.

Nuestros chasquis, jóvenes de la comunidad que conocen cada uno de los recovecos de la vía, les hablan en quechua a los caballos para que atiendan sus órdenes, y saben en qué momento estos animales se cansan. En Challacancha hay más grupos de senderistas. Los escucho reír, palpo su ansiedad, les oigo nombrar el Salkantay.

Llega el momento. En la espalda, una pequeña mochila donde llevo dos litros agua, un impermeable por si llueve, bloqueador solar, repelente, cámara fotográfica, una bolsa con hojas de coca y frutos secos. El sherpa, que se llama Rolando, explica que caminaremos las próximas horas bordeando un canal inca hasta llegar a Soraypampa, donde está el primer campamento. Allí dormiremos esa noche. Le damos gracias a la Pachamama y los pies andan. Estamos a 3 mil 600 metros de altura y el primer tramo es totalmente empinado. “Al inicio se van a agitar. Es mientras se acostumbran a la altura y entran en calor. Después todo estará bien”, dice Rolando, quien ya para entonces nos había contado que estudió turismo, que es de Santa Teresa, un pueblo cocalero de la zona. No solo es experto en senderos, es un conocedor de la cultura del pueblo ancestral, valora el paisaje y respeta a la Pachamama.

A los 10 minutos estoy agitada. Mi garganta se queda seca. No tengo fuerzas. No puedo respirar. Descanso. Es duro para alguien del trópico caminar a 3 mil 600 metros. En los rostros de los españoles no hay indicio de que la altura los altera. Dicen que no entrenaron para esta aventura, pero que han recorrido la mayoría de los picos de Europa, que han hecho montañismo en Estados Unidos, y que van al gimnasio.

Yo en Panamá voy de vez en cuando al parque Metropolitano, trepo algunos cerros entre la capital y San Carlos, y cuando me queda tiempo camino en el parque Omar. Estoy aquí sufriendo por la altura en la parte más fácil de la expedición. Qué consuelo.

Las hojas de coca, sí, las hojas de coca. Me llevó varias a la boca, y escucho al sherpa decir que no las mastique, que solo las mantenga entre la lengua. No las soporto. Son amargas, y más que aliviarme me alteran. Las boto. Curvas, más cuestas interminables, y paro cada tanto. El corazón salta. Rolando dice que faltan pocas subidas. Camino, subo y subo. Lo más duro de la ruta acaba. Viene el descenso. Caminos estrechos, puentes diminutos, cascadas, riachuelos, un sol espléndido. Veo casitas que parecen un pesebre navideño. Llegamos a Soraypampa, donde está el primer campamento. 3 mil 800 metros de altura. Estamos bajo el nevado Humantay.

Nos reparten las carpas. Las mochilas ya llegaron. Los cocineros sirven el almuerzo: sopa de sémola, arroz, lomo salteado, vegetales, y té de coca, obvio.

Llueve sobre la cordillera esta tarde. Después de que cae la última gota vamos al lago Humantay. Antes, hay que desafiar los 4 mil 200 metros del nacimiento del nevado que lleva su nombre.

Camino a paso lento. La tierra está mojada. Descanso, tomo aliento y sigo.

Casi una hora después el grupo divisa unas aguas del azul más intenso. Inalterables, mansas y rodeada de glaciares. Es el lago Humantay, rey indiscutible de la cordillera Vilcabamba, sistema montañoso, escenario, según los cronistas del siglo XVI, de la resistencia inca. Bajar la montaña no es sencillo, pero estamos en el campamento antes de que se vaya el sol.

Cenamos bajo la luz de las velas. No hay energía eléctrica aquí. El sherpa nos habla sobre Hanan Pacha, Kay Pacha y Uku Pacha, los mundos que componen la mitología inca. De pronto escuchamos: “fuego, fuego”, “se quema una tienda. Agua, agua”. Lo dice en español y en quechua. Es Jordi, guía de otro grupo. Las 27 almas que esta noche nos quedamos en el campamento corremos despavoridas. Las llamas devoran una tienda de campaña. La mía.

Sí, se quema mi carpa, se quema mi sleeping bag, se quema un abrigo, y el fuego va por más. Tiran grandes cantidades agua y las llamas se extinguen poco a poco. -¿Qué tenía en el saco que produjo el incendio?, me interroga alguien. “Nada. No fumo y tengo la linterna y el celular conmigo”, digo. Advierten que el incendio fue provocado por una colilla de cigarrillo que no se sabe quién tiró. Me acomodan en otro sitio, me dan otro saco de dormir y me acuesto con el corazón agitado. Desde ese momento empiezo a ser conocida como la mujer a la que se le quemó la tienda.

SEGUNDO DÍA

Me despierta el gallo, salgo del saco de dormir, me tomo el té de coca que ha dejado el sherpa, y pongo mi mente en el Salkantay. Este día hay que bordear el nevado a una altura de 4 mil 600 metros. De Soraypampa hasta allá son tres horas de camino por subidas asombrosas. Luego hay que bajar hasta Huayracmachay, donde almorzaremos. De allí seguimos caminando hasta Chaullay, el segundo campamento. Nos esperan 22 kilómetros de camino.

Después del desayuno empezamos el camino. Cuento los pasos y cuando me agito paro. Andar, subir. Subir por caminos angostos. No veo a los costados, el vértigo es traicionero. El cuerpo se calienta y quiero desprenderme de todas las capas de ropa que traigo encima. Tengo calor, pero también frío. El camino es una procesión de aventureros de cualquier parte del mundo. De Alemania, Estados Unidos, Francia, Singapur, Chile, Brasil, Chile, Irlanda. Me agito muchas veces. No tengo aire para respirar. Digo que no puedo más. Que esto es un infierno. -¿Quién dijo que sirvo para esto? -¿Quién dijo que yo podía trepar montañas? El sherpa me anima y me da a oler un líquido compuesto por hierbas. Los españoles me animan. Me anima la sonrisa de una niña de Suecia, el saludo de un estadounidense, y el caminar resuelto de una sexagenaria de Brasil. Me anima el viento, las nubes y el pico del Salkantay que puedo ver.

Antes de las 10:00 de la mañana llegamos a las faldas de la montaña indómita. “Abra Salkantay, altura: 4 mil 600 metros”, se lee en una tabla.

Ahí está: majestuosa, inmensa, orgullosa, pretenciosa. El sol la baña con sus rayos y el viento la arrulla con su canto. Le hago una reverencia. Le digo gracias. Le lanzo besos, le digo que la quiero. Que me quitó el sueño desde abril pasado cuando decidí hacer la caminata.

Vamos al lago Salkantay. Caminamos unos 10 minutos más y lo encontramos rodeado de nieve. Otra belleza. El sherpa inicia una ceremonia para darle gracias a la Pachamama. Forma una apacheta, montículos con piedras a las que pone tres hojas de coca. Rezamos a la tierra, a la eterna, a la única, a la Pachamama.

Empezamos a bajar con rumbo al Huayracmachay donde almorzaremos. Le decimos adiós al nevado, y empiezan a aparecer más valles y ríos. Se ven los cóndores volar libres por el cielo de los Andes. Una pareja de Brasil me cuenta que pertenece a una religión que adora a la naturaleza, y que dos domingos del mes practican la ceremonia de la ayahuasca, o el yagé. En Huayracmachay tomamos el almuerzo. Caminamos más y al caer la tarde llegamos al segundo campamento. Esta noche no hay fuego. Todo es tranquilo.

TERCER DÍA

Empezamos el camino hacia la Playa Sahuayaco (no tiene que ver con el mar) bien temprano. Ahora hay selva y hace calor. Orquídeas de todas las especies, ríos, los pájaros cantan. Otra larga jornada. Antes de la 1:00 p.m. llegamos a Hidroeléctrica, donde almorzamos. Estamos cansados. Tenemos picadas de bichos por todos lados. Estamos rojos por el sol. Nos duelen las piernas, los brazos, la cara, el pelo. Todo.

Debemos caminar tres horas más hasta Aguascalientes, pero ya no tenemos fuerzas. Alguien dice que nos vamos en tren para ahorrarnos la excursión. “Cuesta $30 por persona”, dice el sherpa. “Los pagamos”, gritamos casi todos. El tren nos parece un hotel de lujo. Valoramos cada pieza que tiene. En 45 minutos y antes de que se fuera el sol, llegamos a Aguascalientes. Ya estamos a un paso de Machu Picchu, a donde viajaremos en la madrugada. Se acerca el final, el cuarto día de camino. El motivo de un viaje para estar cerca de lo eterno.

CUARTO DÍA

Aguascalientes es una mezcla de pueblo de camino con urbe cosmopolita. Un café frances aquí, un restaurante italiano allá. Tradicionales comederos peruanos donde ofrecen cuy, un roedor de la región andina que llega al plato con cabeza, cola y las cuatro patas. Hay spas por todos lados.

Una de las primeras cosas que me pregunté cuando llegué a Cusco es por qué en todos lados ofrecen masajes. Ya tenía la respuesta. Lo primero que uno quiere hacer después de desafiar montañas, soportar la lluvia y el sol, y dormir debajo de un nevado, es un masaje profundo. Y fue lo primero que hice en Aguascalientes luego de dejar la mochila de 60 litros en el hotel.

Desde el momento en que abordamos el tren, tocó hacerse cargo del equipaje. Masaje, una cena de despedida y un pisco. Frente a la mesa el grupo recuerda con risa y nostalgia los intensos momentos de la pampa: la lluvia con granizo, las bajadas de infarto, el sol brillante, el cielo espléndido, los insectos devorando la piel, el canto de los pájaros, las orquídeas de varios colores, la carpa quemada en el campamento del primer día. Nos vamos a dormir. Hay que despertar a las 3 de la mañana para hacer la fila y tomar el bus que nos llevará al santuario inca. 

A las 3:30 a.m. ya hay fila, y los restaurantes del área ofrecen té de coca y café. Llega el turno de subir al vehículo. Después de un rato estamos, estamos en Machu Picchu. Hay sol este día pero una capa de niebla se posa sobre el pico más alto de la ciudadela. Subimos empinadas escaleras durante varios minutos, tarea para la que ya estamos entrenados. 

Aparece uno de los miradores más buscados por los turistas. Y desde allí se ve una buena parte del imperio construido antes del siglo XVI y flanqueado por las montañas Machu Picchu y Huayna Picchu. El sherpa cuenta la historia. Esta habría sido el palacio de descanso de Pachacútec, el hijo del sol, el guerrero, el forjador del imperio.

El que le ganó la batalla a los chancas en la región de Mollepata, donde precisamente comenzó esta travesía. Otro día intenso de subir y bajar escaleras, de aprender de los dioses incas, de las ceremonias, de los templos y submundos del gran imperio. Aquí acaba el camino, pero la magia del paisaje de Los Andes queda en la memoria.  

 



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