La influencia espiritual de lo que ocurrió en Belén hace 20 siglos es indiscutible, no así sus repercusiones humanas, que han quedado en la oscuridad hasta nuestros días debido al fuerte prejuicio anticristiano que reduce y simplifica la Edad Media con el calificativo de “oscura”.
La universidad es el más claro símbolo de apertura al conocimiento y quizás la mayor contribución intelectual de la civilización occidental. Fue un fenómeno completamente nuevo de la historia europea. Nada igual existió en la antigua Grecia o Roma. La universidad, tal como la conocemos hoy, con sus facultades, sus cursos y títulos de estudio, exámenes, etc., llega a nosotros directamente del mundo medieval. Incluso, no es posible dar con precisión las fechas exactas de aparición de las universidades de París y Bologna, Oxford y Cambridge, pues estas van tomando forma poco a poco hacia finales del siglo XII, siendo en sus inicios escuelas catedralicias (promovidas directamente por eclesiásticos).
De acuerdo con el historiador Lowrie Daly, “la Iglesia desarrolló la universidad porque fue la única institución en Europa que mostró un constante interés en la preservación y cultivo del conocimiento”.
Fue entonces en la “oscura” Edad Media europea donde nació el sistema universitario, como un regalo para la humanidad de parte de los seguidores de aquel que nació en Belén.
Cualquier historiador serio admite la libertad intelectual que se promovía en esas jóvenes instituciones de pensamiento creadoras del clima intelectual necesario para la Revolución Científica.
En los últimos 50 años la gran mayoría de los historiadores de la ciencia –entre otros A.C. Crombie, David Lindberg, Edward Grant, Thomas Goldstein, Stanley Yaki y J.L Heilbron- han concluido que la Revolución Científica es hija de la cosmología cristiana.
Esta concepción cristiana del universo sostiene la existencia de un creador trascendente, quien dota a su creación de consistentes leyes físicas (naturales), a las que el hombre puede acceder con el uso de la razón. Por el contrario, las grandes culturas de la antigüedad concebían el universo como un organismo dominado por multitud de divinidades y destinado a ciclos interminables de nacimiento, muerte y renacimiento.
Estas divinidades estarían “presentes” en las cosas creadas, dotándolas de cierta “vitalidad divina” y excluyendo en ellas todo comportamiento regular, observable y medible.
Esto hizo imposible el surgimiento de verdadera ciencia en cualquiera de estas grandes culturas. Pero la contribución católica a la ciencia va más allá de este marco conceptual y filosófico, llegando también a la ciencia práctica en multitud de terrenos. Por ejemplo, fueron sacerdotes católicos Nicolás Steno y Atanasio Kircher, padres de la geología y de la egiptología respectivamente, Giambattista Riccioli, el primero en medir la tasa de aceleración en caída libre de los cuerpos, así como Roger Boscovich, fundador de la teoría atómica moderna.
Científicos y matemáticos jesuitas dominaron de tal manera el estudio de los movimientos de la tierra que la sismología se llamó “ciencia de los jesuitas”, además de que han nombrado aproximadamente treinta y cinco cráteres de la luna.
La primera Navidad trajo un regalo al hombre moderno, el germen de la universidad y de la ciencia, regalo que –en palabras de Edward Grant- “quizás seguirá siendo, como en los últimos cuatro siglos, el secreto mejor guardado de la civilización occidental”.