El programa de televisión Downton Abbey me recuerda al gobierno panameño. Por si no lo han visto, este culebrero británico creado por Julian Fellowes narra las vivencias de unos personajes en una gran casa en el norte de Inglaterra a principios del siglo veinte. El drama se divide entre las cuitas de los dueños de la casona y sus abnegados sirvientes domésticos. Similar a otros textos de Fellowes, los aristócratas viven en las habitaciones donde da la luz del día, y los sirvientes en los oscuros intestinos de la casa.
Mientras los sirvientes trabajan de sol a sol sin ver el sol, los dueños invierten miles de segundos del día decidiendo qué ropa lucir, qué pose corporal estrenar mientras toman el té preparado por sus sirvientes, y qué respuesta darán al más reciente escándalo aristocrático. Nunca queda claro cómo estos simpaticones manejan sus deudas. De hecho es considerado una vulgaridad hablar entre ellos de temas prácticos como los astronómicos costos de mantenimiento de la finca y las atrocidades del Imperio Británico. En fin, los de la parte de arriba de la casa parecen generar capital económico con solo pretender estar en control. No es cualquier cosa el trabajo que deben lograr, no nos equivoquemos. No cualquiera monta a diario una obra de teatro bien marcada. Pero, que no quede duda, sin el silencioso labrar de los sirvientes, ese show se vendría abajo.
Recientemente, el ministro de cultura de Panamá fue despedido como parte de la gran obra de teatro diaria de nuestro gobierno. Las redes sociales y los noticieros han hecho lo suyo para terminar de destruir su reputación. Y no es para menos. A pesar del carnaval que hicieron con el anuncio de la creación del ministerio y la ley de cultura, el exministro no será recordado por reformar la institucionalidad cultural. Su legado estará marcado por las irregularidades en los procesos de contratación durante la pandemia. Quedarán grabadas en las amígdalas sus monólogos destilando animosidad contra el sector teatral. Por mucho tiempo se hablará de sus malintencionadas guerras de poder contra los patronatos culturales, la falta de reglamentación de la ley de cultura y su muy pasmado borrador de ley del artista lo que quedará en la memoria.
¿Cómo olvidar que a pesar de tener casos pendientes en la Fiscalía de Anticorrupción, ha sido recompensado con un puesto en el exterior?
Pero él solamente refleja lo que pasa en el mundo de poses corporales de los políticos con puestos de administración pública. En los intestinos de este Ministerio hay una colmena de funcionarios que en su gran mayoría busca lo mejor para personas que no conocen. Callados, hacen malabares para brindar las artes a los distritos más apartados y crear espacios para que los artistas puedan mostrar su trabajo. Allí hay gente luchando por fondos para el plan nacional de lectura, empujando una casa del escritor nacional, organizando encuentros de dramaturgos y escritores, y promoviendo la aún revolucionaria idea de que los derechos culturales son derechos humanos.
Enfocarnos solo en el agua enlodada alimenta esa noción errada de que todo lo público es corrupto, innecesario y debe ser sustituido por la empresa privada. Sí, merecemos mejores líderes políticos, de administración pública, pero es poco probable que los encontremos pronto. Pero que eso no reduzca nuestro apoyo al trabajo colectivo y sin recompensa que ocurre en casi todos los ministerios del país. Solo nos queda soñar que algún día saldrán victoriosos del inframundo.
El autor es economista cultural y dramaturgo