El cierre de un año y el inicio de otro es una ocasión propicia para la introspección. Es dable que la llegada del año entrante, en este caso el inicio de una nueva década, anticipe que todo será nuevo y mejor. No obstante, el solo paso de la página del calendario no es garantía de regeneración. Para lograrlo debe producirse una genuina renovación interna. Tener el alma nueva.
El nuevo año es símbolo del tiempo y de la vida. Ante la división artificial del calendario para seccionar el tiempo, un buen comienzo sería seguir el consejo que dejó Moisés en el Salmo 90:12: “Enséñanos, Dios, a pensar cómo vivir cada día para que nuestra mente se llene de sabiduría”. En el plano personal, ese es un inicio del nuevo año prudente, juicioso, sensato.
Trasladado al ámbito nacional, hay que aceptar como apodíctico el hallazgo que hizo el presidente Nito Cortizo sobre el estado en que recibió el país, la casa común de todos los panameños. Lo encontró hecho un verdadero desastre. Ante esa realidad calamitosa y devastadora en todos los órdenes de la vida nacional, el nuevo año halló a Panamá en medio del enorme desafío de reconstruirlo desde sus cimientos.
En su mensaje al instalarse la nueva legislatura de la Asamblea Nacional, Nito reveló que encontró, entre otros hallazgos, las finanzas públicas maquilladas, deriva institucional, irrespeto a los poderes del Estado, una corrupción rampante, una democracia lesionada, desestabilización en materia de seguridad y relaciones internacionales erráticas.
La pasada administración no solo quebrantó todas las normas democráticas, también dejó el sistema de justicia ante la urgencia de transformaciones morales y al Ministerio Público dañado en forma casi irreversible.
A eso se suma el desafío monumental de conquistar la denominada 0, la de los más vulnerables, los que subsisten en la pobreza y la desigualdad urbana, rural y comarcal.
En su mensaje Nito trazó, sin altisonancias ni quimeras, un claro plan de acción nacional: Poner en marcha la maquinaria de la esperanza, inyectar optimismo a nivel individual para que permee al colectivo nacional y que no se eclipse la confianza labrada en los primeros meses de su gobierno.
Es a partir de este momento cuando puede ponerse en perspectiva la gestión de Nito. Los primeros seis meses fueron para desactivar la herencia envenenada de la pasada administración. Pero también para calibrar cuáles son los sectores políticos, empresariales, laborales y de la sociedad civil de probada voluntad de transparencia y regeneración con los cuales puede trabajar para lograr la recuperación económica, mejorar la imagen y reputación del país en el exterior y contribuir a reformar aspectos medulares del Estado. No puede constituirse una Patria nueva con panameños desleales a todo principio, que se burlan de los contrapesos frente a la corrupción.
El 2020 debe constituirse en el escenario para el cambio de rumbo, de transformaciones profundas con nuevas recetas para viejos problemas. No hay tiempo ni espacio para postergar las decisiones y acciones que debe tomar el nuevo gobierno para resolver los problemas nacionales.
Al legado de mediocridad y desorientación de la pasada administración, Nito está imponiendo la fortaleza –ha subrayado que no se rinde y que ninguna batalla por dura que parezca lo va a intimidar ni vencer- como emblema de nuevos y mejores tiempos. Su llamado es a dejar los atrincheramientos y volcar la fuerza común de los panameños para construir un nuevo relato cargado de esperanza y optimismo.
Panamá debe ser como un río torrentoso cuyo cauce resulte imparable, pese a los obstáculos y las adversidades, capaz de mantener el rumbo fijado para construir el futuro común con el que sueñan y se merecen todos los panameños.
Nito debe convertirse en el heraldo de algo nuevo y distinto, que inspire la regeneración de los valores, las elites y los ciudadanos y que lleve al país a suscribir un nuevo contrato social. Solo tiene una carta que jugar que se llama Nito Cotizo. Se ha caracterizado a sí mismo como un director de orquestas que depende de que su equipo y sus aliados políticos no distorsionen ni desafinen, que estén en sintonía, consonancia, alineados. Eso lo obliga a crecerse ante la faz del país para motorizar las profundas transformaciones que demanda el Estado panameño. Porque es con efectividad en la gestión y certidumbre en el rumbo marcado, priorizando, consultando, escuchando a todos y atendiendo sus demandas, como llevará a la Patria nueva, renovada, a puerto seguro.
El autor es periodista