Un día de noviembre, luego de torrenciales aguaceros y noticias sobre actos de violencia, por fin la comunidad de Don Bosco, urbanización Versalles, pudo amanecer con una soleada mañana. El cielo cargado de nubes invitaba a tomarse su tiempo y contemplarlas, sintiendo la suave brisa; la frescura y el canto de los pájaros permitirían usar la imaginación y aceptar ese regalo divino.
En la avenida contigua a las casas, los policías solicitaban sus documentos a los conductores de los vehículos que transitaban. Para ellos era uno de esos días feriados, sin novedades. Tenían como mascota a un perro callejero que les movía la cola. Le pusieron de nombre “Sultán” y le llevaban sobras de comida. La historia de siempre: la señora que salió apresurada al supermercado, cambió de cartera y no se percató que no llevaba su licencia; el adolescente amanecido por asistir al toque de dianas, que no tenía permiso para conducir; aquel con actitud sospechosa que había que detener… la doña que bajaba todos las ventanas y encendía luces, fuera de día o de noche, y les mostraba la licencia y cuantos papeles tenía, incluidos copias de títulos universitarios y así, “la mar de historias para una columna en el periódico”.
De pronto, para su sorpresa, uno de los vehículos de la fila, captó su atención. Era un automóvil amarillo, tipo taxi, con papel ahumado muy obscuro, se movilizaba de forma casi perfecta: guardando las distancias debidas; con la velocidad permitida. Su pintura estaba bien pulida y con brillo. Él mismo hace su alto al lado de ellos y de manera automática, se baja la ventana del conductor y un brazo mecánico desplaza un panel de computadora. El policía, con algo de suspicacia, da un paso atrás, y su compañero, que se jactaba de tener “buenos reflejos”, ya lo habían “”baleado” varias veces, no tardó en agacharse. Se enciende el panel y un mensaje de voz grabado dice: ¡Buenos días señor. Oficial! ¡Favor marcar 1 para consultas, 2 para quejas, 3 para salir del sistema. Algo asustado, observa dentro del auto y comprueba que no tiene pasajeros. Creyendo que se trata de una broma, lo inspecciona por todos lados buscando la cámara o algún otro dispositivo. Suena un pito y se repite el mensaje de voz.
Ante la demora, las demás personas que esperaban en sus autos comienzan a observar y se bajan de los mismos. En uno de los vehículos, Mateo, un niño de 6 años de edad, que acompaña a su mamá, repite la poesía Patria, de Ricardo Miró. Tiene que aprendérsela para estos días de Fiestas Patrias.
Una pareja de transeúntes, al observar la escena, les grita que se aparten porque puede tratarse de una bomba. Otros se aproximan, sin ser invitados, y especulan cuanto se les pueda ocurrir. Mientras tanto, el oficial disimula su ignorancia y prosigue a llamar telefónicamente a su jefe y el otro busca el número de placa en el sistema Pele Police. Por tercera vez, se repite el mensaje de voz.
Mateo y su madre deciden salir del auto y aproximarse con cuidado, para saber que ocurre con la multitud que rodea al taxi amarillo y porque cada vez son más las personas que están grabando la escena con sus teléfonos celulares. El niño observa y le dice a su mamá emocionado que se trata de un vehículo inteligente, como los que ha visto en las cómicas. De forma impulsiva corre hasta el panel de computadora y responde al mensaje de voz, presionando el número 1, y se escucha: Soy Margarito P 39, y me dirijo al Rey de Versalles a recoger un pasajero. ¡Tenga usted un buen día! Luego el brazo mecánico se introduce y se cierra la ventana. El auto inicia su marcha, por lo que las personas se apartan.
El agente consternado le vocifera a su compañero: “¡Caramba! ¡Ramírez! Y ahora, ¿a quién vamos a acosar?” Después de la algarabía, todos vuelven a sus autos y prosiguen con sus rutinas. Mateo, el niño venezolano, vuelve a mirar el cielo cargado de nubes y pregunta: “Mamá, ¿dónde es más claro el cielo y es más vibrante el sol ?”
“¡En Panamá!”, sonriendo y con un fuerte abrazo responde su mamá.
La autora es psiquiatra de niños y adolescentes