A raíz del brote del nuevo coronavirus (2019-nCoV), se ha desatado un raudal de rumores, especulaciones, supercherías y confabulaciones que atentan contra el bienestar psicológico de las personas. No ha faltado, tampoco, la proliferación de “eruditos”, quiénes carentes de credencial académica, han proferido recomendaciones técnicas o críticas a las estrategias preventivas que tomaron las autoridades sanitarias. El intrusismo profesional en las redes sociales es un fenómeno cada vez más creciente y preocupante, porque en algunas situaciones puntuales (enfermedades crónicas, malignidades, trastornos de salud mental, vacunas, infecciones emergentes, etc.) se pueden inducir efectos adversos de relevancia clínica, algunos hasta criminales.
La diseminación de noticias falsas, tergiversadas o conspiranoicas en Twitter, provoca, sin duda, reacciones nocivas en cualquier sociedad. Los temas predilectos para la fabricación de bulos incluyen cuestiones políticas, chismes urbanos, tópicos financieros, desastres naturales, hechos científicos y asuntos médicos. La evidencia indica que los mensajes morbosos o asombrosos son 70% más propensos a ser retuiteados y a difundirse con mayor rapidez, alcance y profundidad que las reseñas axiomáticas, porque la gente es emocionalmente más atraída a propagar novedad, sorpresa, disgusto o miedo que rutina, calma, agrado o confianza. En esta era digital, con la plétora de “influencers y coaches”, usualmente desprovistos de formación escolástica para tener un criterio objetivo e indiscutible, resulta imprescindible contar con herramientas tecnológicas que eviten ser engatusados por los charlatanes que abundan en las redes sociales. Aunque los medios de comunicación han desarrollado plataformas de verificación para discriminar entre lo ficticio y lo real, el periodista promedio carece de capacidad en tópicos muy especializados y está sometido a la necesidad de lanzar primicias o “bombas” informativas en el contexto de subjetividad ideológica y voracidad económica, tanto las propias como las emanadas de sus patronos.
Dos recientes publicaciones del MIT (Massachusetts Institute of Technology), lideradas por investigadores del departamento de máquinas sociales (Vosoughi S, et al. ACM Transactions on Knowledge Discovery from Data; 11:50, Julio 2017; Science 2018; 359:1146), analizaron alrededor de 126 mil mensajes tuiteados, en el periodo de 2006 a 2017, por más de 3 millones de personas, clasificándolos como auténticos o espurios después de amplia evaluación por seis organizaciones profesionales independientes. Los rumores fueron evaluados también con base en los estilos lingüísticos empleados, las características de sus emisores y las dinámicas de difusión utilizadas. Los resultados demostraron que una noticia falaz llega más rápido, más lejos y con mayor alcance que la veraz en todas las categorías de información estudiadas, a veces en un orden de magnitud de diferencia. Los autores elaboraron un sistema de puntuación para calibrar la certidumbre de los rumores (rumor gauge), logrando identificar, con significancia estadística, a los delincuentes cibernéticos que esparcían patrañas maliciosas o ficticias.
Es mucho más probable, por ejemplo, que un mensaje sea falso si aparece en un tuit de alguien anónimo, con pocos seguidores, escrito con horrores gramaticales, palabras soeces o vulgares y que abusa de emoticones o abreviaciones no convencionales. Pero, también, cuando un tuitero con identidad revelada adopta frases muy sofisticadas, que toma prestadas de genta calificada de otras disciplinas (conducta tipo papagayo) para aparentar experticia propia y que, sin darse cuenta, las usa de forma errónea en reiteradas ocasiones. Otros atributos del embaucador son su predilección por postear comentarios controvertidos, con alta tasa de negación en el texto, y desafiantes al consenso de expertos que poseen credibilidad contrastada. El perpetrador de bulos parece creer que la diseminación de información “privilegiada” le genera estatus social y protagonismo mediático. Al analizar rigurosamente su comportamiento, resulta que muchas veces este individuo padece algún tipo de frustración intelectual u ostenta un currículo grisáceo que intenta sobrevalorar en el escenario público.
No es extraño, por tanto, que el impostor vierta su ataque contra genuinos líderes de opinión, emitiendo frases poco originales o plagiadas de anarquistas o nihilistas de oficio (los hay en todas las carreras) y dando a entender que sus actuaciones exhiben una superior supremacía moral que las de ellos.
Al ritmo que anda la humanidad en materia tecnológica, la próxima pandemia no será de ninguna infección emergente, sino de desinformación, egoísmo y estupidez virtual. Un temor alentado por las redes es bastante más contagioso que cualquier nuevo microbio que aparezca repentinamente. Acabamos de ver una pequeña muestra de esa triste realidad en Pacora y Panamá Pacífico. Para llorar…
El autor es médico