Mi suegra Mary Moreno (q.e.p.d.), dama elegante, extrovertida, bondadosa y temperamental, fue una mujer apegada a las tradiciones católicas. Disfrutaba polemizar con ella porque, además de entretenida, exhibía espontaneidad y gracia. Nuestras tertulias eran más frecuentes durante tiempos navideños. Cuando le decía que la fecha elegida en Navidad había sido copiada de celebraciones paganas para el mercantilismo de la fe, espetaba “pero es una gran oportunidad para reunir a la familia y eso me hace feliz”. Cuando le ripostaba que nuestros parientes simiescos eran más felices porque siempre estaban agrupados, sin importar días específicos, argumentaba que ella no tenía ningún parentesco con los monos porque descendía directamente de Eva. Extraño esos divertidos coloquios. Ahora, 20 años después, los intento tener en Twitter, pero desafortunadamente en la red social escasea el buen humor y la inteligencia emocional.
La época decembrina, comercializada al máximo por cristianos y empresarios, está repleta de bulos (falsedades articuladas de manera deliberada para que sean percibidas como verdad) para mantener a creyentes en cautiverio místico y consumista. La imagen de Jesús, por ejemplo, es sublimada hasta la saciedad. Muchos historiadores escépticos se refieren a él como un personaje ficticio, cuyo origen pudo haber surgido de uno de los numerosos dioses del repertorio supersticioso primitivo y que después fue convertido en figura histórica, con rasgos humanos, como producto de un ventajoso sincretismo religioso. De hecho, el periodo de su etérea resurrección se basa en el lapso de tres días en el que el sol se mantiene en un lugar más bajo y el 25 de diciembre en que inicia nuevamente su ascensión. Varias deidades solares anteriores a Jesús, como Horus, Atis, Krishna, Mitra y Dioniso, gozaban de parábolas similares con el propósito de fomentar enseñanzas convenientes. Las coincidencias biográficas demostrarían que los autores de los evangelios tomaron prestados relatos de otros entes supremos o héroes más antiguos, para ensalzar alegóricamente la vida del supuesto predicador judío.
Otra patraña bíblica se relaciona a que los seres humanos descendemos de Adán y Eva, con ella culpable por obedecer a una serpiente satánica, lo que motivó el nacimiento por inseminación artificial de un “salvador” que vino a perdonar el primer pecado de la machista fábula. Muchos feligreses, interpretando los textos “sagrados” de manera literal, creen que el origen de la humanidad data de unos 6 mil - 10 mil años. Considerable evidencia científica, sin embargo, indica que el homo sapiens apareció en África hace algo más de 200 mil años. Nuestra estirpe moderna (sapiens sapiens) no evolucionó de los monos, sino que comparte un mismo antepasado con ellos. Por tanto, es también un error decir que procedemos de los micos. Somos un género más del orden primates. Los primates, con más de 50 millones de años de historia, comenzaron su metamorfosis evolutiva hace unos 7 millones de años. En esa etapa, un ancestro común con los chimpancés divergió en dos linajes diferentes, probablemente por razones climáticas. El linaje que condujo a los chimpancés, Pan paniscus y Pan troglodytes, se quedó en el oeste de África, mientras que el linaje que eventualmente dio lugar a nosotros evolucionó en el sur y este del continente africano.
Cerca del 99% de nuestros genes son idénticos a los que poseen los chimpancés, pero esa diferencia de 1.2% es trascendental, puesto que tenemos entre 20 mil y 25 mil genes operativos que nos proporcionan cualidades disímiles favorables. Para complicar algo más el asunto, se estima que menos de la mitad de nuestro organismo está compuesto por células humanas. La celularidad restante es una mezcla de bacterias, virus y hongos que componen lo que se conoce como el microbioma. El microbioma es tan peculiar de cada persona como su huella digital e influye en una gran multiplicidad de funciones que van desde la digestión al sistema inmunológico. Si contamos todas las células, somos en realidad 43% auténticos, según las investigaciones más recientes. En términos genéticos, las cifras son aún más sorprendentes. Tan solo en la boca y en los intestinos tenemos unos 50 millones de genes bacterianos que ejecutan beneficiosas actividades fisiológicas.
Pese a la plétora de bulos navideños, me gusta el espíritu colectivo de amor, amistad, solidaridad y desprendimiento que se vive en estos momentos. Tendríamos, sin duda, un mundo mejor si desplegáramos la misma conducta el año entero. El gen egoísta se expresa, empero, durante todos los días restantes. Triste.
El autor es médico