Ninguna vacuna salva vidas; su aplicación sí. De nada sirve que tengamos uno de los mejores programas de inmunización del mundo, si la gente no acude a ser vacunada. En Panamá, afortunadamente, la mayoría de las personas cree en la bondad de esta impactante y ampliamente costo-efectiva herramienta preventiva. Preocupa, empero, el creciente activismo de grupos antivacunas, quienes basándose en falsas fabricaciones y exagerados riesgos, infunden temor a los demás. Los medios de comunicación responsables deberían hacer frente común y apoyar los programas nacionales gratuitos de vacunación para contribuir con la salud pública del país. Es un acto de patriotismo y solidaridad con el prójimo. Nuestro repertorio de vacunas es envidiado internacionalmente y ha sido consolidado gracias a la voluntad política de varias administraciones, al liderazgo del programa ampliado de inmunizaciones (PAI), al compromiso de las enfermeras vacunadoras, al fondo rotatorio de la OPS y al apoyo técnico de Conapi (comité científico asesor).
En 30 años de trabajo en el Hospital del Niño, he sido testigo de la desaparición o mitigación de enfermedades, con sus secuelas y muertes, otrora frecuentes en esta institución infantil: meningitis bacteriana, deshidratación por diarrea, hepatitis, varicela, sarampión, rubéola congénita, neumonía neumocócica, influenza, tosferina y tétanos.
Antes de 1990, además, las vacunas habían borrado del territorio las temibles dolencias de viruela, poliomielitis y difteria. Los estudios de investigación en vacunas, conducidos localmente desde hace 20 años, han ayudado a concientizar a la comunidad sanitaria sobre la carga de varias enfermedades infecciosas y familiarizar a la sociedad sobre la seguridad y eficacia de varios de estos productos biológicos en nuestra población.
Como la mayor experiencia en vacunación ha sido tradicionalmente ejercida en la esfera pediátrica, la Sociedad Panameña de Pediatría ha jugado un rol relevante en la inmunización de la población infantil. La Sociedad de Obstetricia y Ginecología está recientemente ayudando a mejorar las coberturas en las embarazadas. Debido a que cada vez más resulta indispensable proteger adultos contra influenza, neumococo, tosferina y herpes zoster, las agrupaciones de médicos que atienden adultos deberían empezar también a ser protagonistas en el campo de la vacunación, más ahora que necesitamos controlar la pandemia de Covid-19.
Aplaudo la iniciativa del gobierno, mediante las gestiones de los ministerios de Salud y de Relaciones Exteriores, en entablar negociaciones tempranas con las empresas más adelantadas en el desarrollo de vacunas contra el SARS-CoV-2. Las viceministras respectivas han podido conseguir un número importante de dosis con Pfizer, AstraZeneca, Janssen y OMS (proyecto Covax) para inmunizar, quizás a partir de febrero o marzo y hasta diciembre de 2021, a poco más del 50% de la población panameña, empezando con los grupos prioritarios como personal de salud, fuerza pública, adultos mayores de 60 años y sujetos con comorbilidades crónicas.
La empresa Moderna está ahora más enfocada en el mercado norteamericano. La adquisición de estas vacunas está sujeta, por supuesto, a que dichas compañías obtengan autorización de FDA y de otras agencias regulatorias, después de evaluar los datos sometidos de sus estudios de fase 3. Los niños y mujeres gestantes no formarán parte de los colectivos preferentes en el 2021 porque los ensayos de investigación han sido exclusivamente conducidos en adultos.
Algunas de las vacunas requerirán almacenamiento y distribución a temperaturas de congelación.
El país se prepara a conciencia para solventar las dificultades inherentes al mantenimiento óptimo de la cadena de frío. Hace poco, la República Democrática del Congo eliminó el ébola, gracias a la inmunización masiva con más de 400 mil de dosis de una vacuna que también exigía niveles térmicos inferiores a -80 grados Celsius. Si una región africana pudo lograrlo, América Latina lo hará con mayor razón. Inversión, capacitación, actitud y disciplina son medidas indispensables para conquistar metas.
Conviene enfatizar que mientras Panamá no alcance 70%-80% de inmunización global (umbral estimado para efecto rebaño), será necesario continuar con el uso de mascarilla facial, distanciamiento físico, lavado de manos y esquive de aglomeraciones. Tan pronto podamos vacunar a casi la totalidad del país, quizás durante los primeros meses del 2022, podríamos pensar en retornar a la normalidad pre-pandémica.
La comunidad científica anda cautelosamente optimista por las primeras informaciones de éxito vertidas en conferencias de prensa por varias de las vacunas más avanzadas en su desarrollo clínico (Pfizer, Moderna, AstraZeneca, Janssen, Gamaleya, Sinovac). Es probable que algunas reciban en diciembre la autorización de emergencia para distribución y administración.
No conocemos aún el grado de eficacia diferencial según edad, etnia, sexo, enfermedad sintomática vs. asintomática, carga viral en nasofaringe, grado de contagiosidad y en condiciones de incumplimiento de medidas de bioseguridad en el mundo real (efectividad). Pese a que la luz al final del túnel está a la vuelta de la esquina, poco importa contar con vacunas muy eficaces (más del 90%), si solo la mitad de la población se las aplica, porque ante el rechazo, la efectividad no pasaría del 50%.
El 2020 nos ha enseñado lo que significa un mundo sin una vacuna. No quisiera imaginarme lo que sería un mundo sin ninguna. La ciencia, una vez más, sale al rescate de la humanidad. Aplausos de pie.
El autor es médico