Los búfalos de Coclesito están acalorados. Por eso, cada cuanto un hombre de sombrero y camisa de cuadros les regala un poco de agua sobre sus cabezas afelpadas.
Y los animales no paran. Es el Festival del Búfalo, al fin y al cabo. Su cuarta edición. Las bestias son las grandes protagonistas y cargan a reinas, músicos, niños, visitantes.
Un bufido suena de repente, pero no pasa nada. Todo el mundo tranquilo, mientras a los búfalos los mueven de un lado para otro con una soga amarrada a su nariz. Otro bufido.
La gente del pueblo está agitada. Música, calor, cerveza. Libertad.
Hay gente que baila dentro de un galpón con techo de zinc. Otros pasean en la lanchita que da vueltas por una especie de laguito, en el que el mayor atractivo es un búfalo que pastorea.
De repente llueve y todos buscan refugio. Hasta que les llega el olor de la sopa de carne –de búfalo, por supuesto– que prepara un hombre y que pagó el representante del pueblo. Todos se agolpan alrededor del pequeño rancho hasta que alguien grita: “se acabó la sopa”. Primero hay decepción, pero ya escampó y de nuevo suena la música. Sigue la fiesta en Coclesito.
Mañana, en La Prensa, más de los búfalos de Coclesito.