Dos de las producciones que este año disputaban el premio Óscar en la categoría de mejor película, eran ataques fuertes y directos contra un sector de la política estadounidense contemporánea: Vice y BlacKkKlansman.
Los miembros de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood prefirieron dar como ganador en este aparte a un drama conciliador a favor de la amistad y en contra del racismo: Green Book, de Peter Farrelly.
Vice, de Adam McKay y BlacKkKlansman (Infiltrado en el KKKlan), de Spike Lee, denuncian lo que sus respectivos directores opinan son los verdaderos peligros para el bienestar de la democracia de Estados Unidos (EU): los políticos de comportamientos cuestionables, en particular, aquellos que llegan a la Casa Blanca.
Vice aspiraba a ocho estatuillas doradas y solo obtuvo una en maquillaje. Mientras que BlacKkKlansman disputaba seis Óscar y solo venció en guión adaptado. Fue el precio por ser retadoras y no tener miedo en criticar a los estamentos del poder.
Hace unos días escribí sobre mi opinión sobre Vice, por lo que hoy me concentraré en BlacKkKlansman.
El cine de Lee se identifica siempre por un ocurrente sentido del humor en su puesta en escena, contundente en sus argumentos (donde pondera las relaciones humanas con los temas sociales) y siempre es un militante en su tema insignia: la unión americana no siempre trata igual a los negros que a los blancos, salvo en contadas excepciones.
Esto queda patente en clásicos suyos como She’s Gotta Have It, Do the Right Thing, Jungle Fever, y su obra maestra, Malcolm X.
Lo real
BlacKkKlansman mantiene la mirada sobre la comunidad afroestadounidense, desde un hecho que ocurrió realmente: un policía negro se infiltró en las filas del Ku Klux Klan.
BlacKkKlansman es un llamado a resistir los golpes de un sistema discriminador. También es una proclama para que la sociedad estadounidense, no importa su clase económica o su color de piel, detenga la reelección de quien Lee cree que es un obstáculo para la consolidación de los derechos civiles: el presidente republicano Donald Trump.
BlacKkKlansman invita a la discusión política sobre quién debe gobernar en una democracia (el mejor respondería Platón), y cómo si el pueblo escoge al candidato equivocado, la ética, la moral y los principios básicos heredados de la Revolución Francesa se van al traste.
Esta reprobable situación de un gobierno cuestionable puede dar pie a promover o despertar el odio hacia una clase, una raza, una orientación social o una religión.
Por eso, Infiltrado en el KKKlan ocurre en los años de 1970, en Colorado, pero el largometraje finaliza con imágenes de los mítines en Charlottesville hace dos años, cuando supremacistas blancos invitan a la violencia y otro grupo abogaba por la igualdad y el diálogo.
El Southern Poverty Law Center (SPLC) le da la razón a Lee, cuando el pasado 20 de febrero señaló que “la cantidad de grupos de odio que operan en EU aumentó un 7% a un máximo histórico en 2018, lo que refleja el acalorado debate que afronta el país sobre cuestiones como inmigración y cambio demográfico. “El SPLC, que ha rastreado grupos de odio desde 1971, encontró que habían 1,020 operando en EU el año pasado, rompiendo el récord de 1,018 establecido en 2011”, indicó la agencia Reuters.