Son pasadas las 5:00 a.m., el cielo estrellado, la fuerte brisa helada nos sacude durante el registro en la garita de MiAmbiente, en Los Llanos de Paso Ancho, Volcán. A luz de la linterna atravesamos la llanura entre plantas de agave. Nos internamos en el bosque, el corazón se acelera a cada paso mientras el sendero sube, baja y serpentea entre la vegetación. Al par de horas llegamos al “bosque de las brujas” a desayunar. Es un sitio hermoso, a pesar de la basura que dejan los visitantes inescrupulosos.
Avanzamos. Con cada descanso, la temperatura corporal baja y la camisa sudada se ¡convierte en refrigeradora! Luego de tres kilómetros, iniciamos el ascenso de “La 45”, una empinada ladera, eterna. Entre polvorín y piedras sueltas, nos aferramos a raíces y troncos para no caer; de fondo, se escucha cantar un quetzal. Seguido del tortuoso ascenso de más de una hora, finalmente descansamos y almorzamos en el mirador de “La 45”. El paisaje es fantástico, a la distancia, se avista la comunidad de Paso Ancho.
Descendemos entre árboles achaparrados y retorcidos, tupidos en musgo y líquenes hasta llegar al “ojo de agua”, única fuente de agua en la ruta, también rodeada de basura. “Solo tomen de esa agua si la pueden filtrar”, advierte el guía especializado, Jorge López. El camino se empina nuevamente y entramos al “bosque de los duendes”. Los rayos del sol se filtran entre la vegetación, la escena es alucinante, mágica. El terreno es más “andino”, reseco, un ecosistema de páramo.
Emergemos del retorcido bosque y nos recibe el “domo” del volcán, la zona del deslave, sus escalones interminables de arena y roca volcánica apuntan al cielo entre “edificios de lava”. El escabroso terreno dificulta aún más el ascenso. Parte del grupo se rezaga, la falta de oxígeno es horrible, sueño, náuseas, el soroche o mal de altura, nada divertido. “¡No vuelvo más!”, grité, casi gateando a escasos metros del borde del cráter, con la misma frustración que sentí durante los tres ascensos anteriores al volcán Barú, exactamente en el mismo tramo, de la ruta de Los Llanos de Paso Ancho.
Aún falta hora y pico de camino, pero ya conozco el premio de la cima, la inmensidad de su paisaje, el paraíso fotográfico y, como el burro que sigue la zanahoria, sigo adelante. La inclinación del camino disminuye y atraviesa un pequeño bosque entre rocas gigantes y árboles retorcidos para luego empinarse nuevamente. Aquí se quema el último cartucho de energía, pero lo difícil ya queda atrás.
Unas nueve horas tomó llegar al área de las antenas. A lo lejos, la cruz por conquistar, pero ese último tramo sería al amanecer. Solo quedan fuerzas para montar el campamento, calentar sopita china y tratar de dormir mientras el viento azota la carpa y el frío penetra los huesos. Pero no sin antes admirar el firmamento, brotado en estrellas y contemplar la escena de “nacimiento navideño” que brindan las luces de los poblados que salpican los pies del gran Barú.
A las 5:00 a.m., toma un esfuerzo sobrehumano salir de la carpa al frío insoportable. Bajo el esplendor de la Vía Láctea, sigo el sendero hasta la cruz, a esperar el espectáculo del amanecer. Poco a poco llegan más excursionistas, un popurrí de nacionalidades se acomoda en los alrededores de la cruz, mientras nace el sol en el horizonte sobre una capa de nubes, todos sonríen. Se saborea un sentimiento de triunfo, de que nada es imposible a pesar de las dificultades, una buena razón para volver al volcán.
Dato a considerar
El Ministerio de Ambiente ha informado que a partir del próximo 28 de marzo del 2022, a través de una empresa constructora, continuará con la ejecución del proyecto Estudio, Diseño, Construcción y Rehabilitación de senderos en el Parque Nacional Volcán Barú: “en el Sendero a la Cima-Paso Ancho”.
Con el objetivo de salvaguardar la seguridad y evitar accidentes u otros inconvenientes se habilitará el acceso a turistas nacionales y extranjeros por el Puesto de Control Los Llanos, solamente los días sábados y domingos, con previa reservación al correo electrónico parquevolcanbaru@miambiente.gob.pa