Un término ya en desuso por la psiquiatría contemporánea, la alienación, se relaciona con lo extraño, lo ajeno, lo que está fuera. Y llama la atención un término que, en primera instancia, podría producir desagrado al oyente. La pregunta es: ¿los pacientes con enfermedades mentales, en realidad, son alienados? Yo diría que sí. Por un lado, son personas genuinas, por ende extrañas a las así llamadas “normales”.
Si ha tenido la experiencia de relacionarse con un paciente con un trastorno psicótico, habrá reconocido una ingenuidad, candor y nobleza en una persona que sufre una fractura de su realidad. No faltará que esa persona te brinde una galleta o un objeto que a nuestros ojos es vano, pero lo es todo para ese paciente: reconoce la esencia. No es más que una expresión de compromiso con el otro de parte del alienado hacia el no alienado. Quizás sepa que los no alienados o “normales” carecen de ese compromiso hacia la otredad. Sin embargo, los “normales” se burlan y se mantienen lejos de lo que pareciese fuese un acto de violencia o violación del espacio personal: ¡arrogancia!
Por otro lado, los pacientes que sufren un estado depresivo severo, donde la vacuidad existencial corroe la totalidad de esa persona, sin embargo, acepta (y soporta callado) los irreverentes (tontos) consejos de los no alienados, aquellos que se jactan de estar realizados en todos los sentidos de su vida: “la vida es bella”, “pon de tu parte”, “sé fuerte”: ¡ignorancia!
Me pregunto si el paciente que sufre un estado depresivo es una persona alienada. Pues sí, ya que la sociedad (familiares, compañeros de trabajo y amigos) así lo procuran.
Me pregunto si una persona que sufre la compulsión que trae consigo el alcoholismo o el abuso de sustancias es un alienado. Pues sí, porque padece las más injustas violaciones de sus derechos fundamentales por parte de los no alienados o así llamados “normales”: “es un vicioso”, “es un inmoral”, “un piedrero”, “un borrachín”.
Lo que en esencia es inalienable (los derechos humanos), los no alienados intentan desgarrar a toda costa de aquellos que no toleran por su diversidad: ¡incomprensión!
Es momento de que dejemos de lado el concepto que Tomás de Aquino (“santo”) teorizó sobre la alienación, como si de una posesión demoníaca se tratase. Ya no vivimos en el medioevo, pero insistimos en alienar a nuestro prójimo por el hecho de nuestra ignorancia.
La verdadera alienación la describió Herbert Marcuse, filósofo de la escuela de Frankfurt. La vemos en aquel niño prendado a un videojuego sangriento, aquella persona que necesita cambiar su Z9 por un Z10 motivado por el mercadeo, aquel hombre que intenta despojar la identidad de los otros (masificarlos).
Permitimos alienarnos por el consumismo, la tecnología sin sentido, los gobiernos incoherentes; mientras tanto, alienamos a aquellas personas que sufren en soledad y no guardan rencor con sus semejantes. Pero nosotros no somos alienados, somos “normales”.
El autor es médico y bioeticista