Esta es la historia de un ente bastante conocido y padecido, pero poco estimado. Así es, la depresión es una enfermedad mental que ha sido ampliamente estudiada desde diversos enfoques: neurobioquímicos, psicológicos y sociológicos; no obstante, no estamos preparados para lo que ya devino.
Cada vez son más las personas que padecen este trastorno que no solo implica el desorden a nivel neuroquímico y las alteraciones en la conducta, sino la imposibilidad de poder desarrollarse en una sociedad levemente ignorante para corresponder humanamente con esta realidad. Correspondemos desde una mirada reductiva, herencia del cientificismo, al declarar que sabemos todo respecto a este trastorno. La realidad es que no sabemos nada sobre el humano que lo padece.
En cuanto a los profesionales que se esmeran por conocer cada rincón de este mal, solo logran rasgar el velo sin descubrir el fenómeno, ya que se rinden ante la mirada reductora que les provee sus conocimientos científicos, y denotan incapacidad para ver al ser-humano-que-padece tal como se muestra.
No falta los bien intencionados en recetar dosis de buena voluntad y actividades festivas, para luego señalar y repudiar al enfermo como una persona con falta de voluntad, incapaz y con pereza mental. ¡No saben cuánto empeoran la situación! Las autoridades a nivel laboral no comprenden el manejo de un trabajador con estos síntomas y solo aplican lo que aprendieron hacer (desde la técnica): llamar la atención y colocar apelativos que no encuadran para nada con esa persona que sufre. No solo es despedido, sino que se convierte en el banquete del dime que te diré de todos sin saber que han arrinconado a esa persona (ser-humano-que-padece) hasta la miseria.
Luego se preguntan qué lo llevó al consumo de estupefacientes e incluso al suicidio. Pues, nada más que la incomprensión de lo que ostentamos conocer. Me atrevo a decir que las estadísticas que nos presentan los textos (estadounidenses, la mayoría) ya no aplican a la realidad histórica-social que vivimos: cada vez hay más del género masculino y menores de 17 años con este padecimiento complejo y cruel. Complejo por su génesis multifactorial y cruel por la forma como aisla y destroza a ese ser. Y me pregunto si estarán los docentes preparados para reconocer estos síntomas, o simplemente ridiculizan a ese joven sufriente.
Cada vez son más panameños que se unen a estas filas, y si no formamos profesionales de la salud y líderes organizacionales con una verdadera visión humanista, seguiremos arrastrando a este grupo de seres-humanos-que-padecen hacia el abismo de la incomprensión y discriminación. Insisto, no son los logos y lemas de una organización que dice estar “humanizándose” los que harán magia, es la perspectiva con que se dirige comenzando desde los estratos superiores: estratos que ven cifras, normas, estatutos y olvidan su origen humano. Y si se preguntan por qué hago mucho uso del concepto “padecer” es por la razón histórica de comprender, los profesionales de la salud que servimos (Christus servus), lo que un paciente sufre (Christus patients), y reconocernos capaces de pasar de servir a ser servido.