El escritor francés Honoré de Balzac decía que “detrás de cada gran fortuna hay un delito”, mientras que el economista estadounidense John Kenneth Galbraith sentenciaba que “cuanto mayor riqueza, más espesa la suciedad”. A toda regla, por supuesto, se le puede encontrar excepciones. Existen, sin duda, personas ingeniosas y emprendedoras que, mediante habilidades mercantiles, consiguen grandes sumas de dinero en poco tiempo, particularmente en el área de la tecnología. En términos generales, sin embargo, la mayoría de riquezas excesivas se obtiene con base en actividades ilegítimas. La corrupción tiene muchos disfraces, por más que algunos maleantes pretendan revestirla con un manto de legalidad jurídica. Casi todas las prácticas para generar ganancias extraordinarias, según el analista de empresas internacionales Sam Wilkin, se apoyan en estratagemas para destruir las fuerzas de la competencia leal en el mercado. En su libro Wealth Secrets of the One Percent: A Modern Manual to Getting Marvelously, Obscenely Rich («Los secretos de riqueza del uno por ciento: un manual moderno para hacerse maravillosa y obscenamente rico»), se revelan las tácticas más frecuentemente empleadas por muchos empresarios multimillonarios: monopolio comercial, amaño de precios, evasión de impuestos, tráfico de influencias, clientelismo político y acceso a información privilegiada.
Un individuo honrado raramente podrá aspirar a vivir rodeado de excesivos lujos y comodidades. Los profesionales honestos más exitosos regularmente necesitan décadas de trabajo arduo y sacrificio prolongado para disfrutar de algunos placeres, una vez se liberan de las deudas habituales y de los gastos en la educación de sus hijos. Irrita, por tanto, percatarse de que aquí cualquier pelafustán dedicado a la política llega a ser dueño en pocos años de abultadas cuentas bancarias, mansiones de playa, terrenos por doquier, coches imponentes y otras suntuosidades, pese a carecer de estudios académicos completos que le permitan elaborar iniciativas privadas sobresalientes. Esa injustificada fortuna necesita además de cómplices -empresarios, banqueros, auditores, testaferros, periodistas, abogados, diputados, jueces y magistrados afines- para camuflarla o para dotarla de una presunta legitimidad. La desfachatez requiere también de pactos políticos para que una vez cambie de signo el poder, queden protegidos los desmanes cometidos. Es más que evidente que una gran proporción de acaudalados criollos se ha valido de coimas, chantajes, sobreprecios, réditos por donaciones al proselitismo electoral y componendas de diferente naturaleza para conseguir su vasto capital. Muchos de ellos, incluso, ni siquiera tienen que trabajar después de esos cinco años de mandato (a pesar de no tener negocios productivos antes de ser electos) y manejan sus espurios tesoros a través de sociedades anónimas, cuyas acciones fueron logradas, entre otras gracias, por facilitar trámites a poderosos inversionistas durante su breve estancia en gobierno.
Jamás, en las últimas décadas, se había honrado tanto la gesta de los mártires del 9 de enero de 1964 como este pasado martes en la cinta costera. Los nombres de esos patriotas fueron coreados y aplaudidos varias veces por los asistentes al evento. El enemigo de esa época era Estados Unidos, país que poseía una vergonzosa franja colonial en territorio istmeño. Ese enfrentamiento costó vidas panameñas, pero al final la nación emergió victoriosa. En este siglo, el adversario es uno más difícil de vencer: la corrupción de nuestros propios compatriotas. La gran desigualdad socioeconómica y la pobre calidad de los servicios educativos o sanitarios de la población no se deben ni a injerencias imperialistas ni a modelos de libre mercado, sino básicamente a la putrefacción generalizada que impera en Panamá de forma crónica. Como el juega vivo está ampliamente arraigado en todos los sectores de la sociedad, la batalla patriótica por la decencia es aún mayor y requerirá la heroicidad de muchos ciudadanos, particularmente de jóvenes valientes, porque los adultos hemos sido ya absorbidos por la crápula política y la podredumbre social.
La convocatoria del 9 enero de 2018 fue multitudinaria y reflejó el hartazgo de la sociedad por la institucionalizada corrupción en los tres órganos del Estado y la lacerante impunidad de la justicia que ahora, como novedad, utiliza la táctica de las delaciones premiadas para selectivamente enmascarar culpas, encubrir personajes y minimizar desfalcos. Gente de todas las edades y estratos demográficos, sin banderías partidistas, se dio cita para exigir la limpieza de Panamá. Aunque toda protesta es vulnerable a la infiltración de oportunistas, las consignas fueron dirigidas en todo momento contra los gobiernos del CD, PRD y Panameñista (en ese orden), porque todos, en menor o mayor grado y descaro, han robado al Estado, con la inestimable ayuda de los poderes legislativos y judiciales. Hay individuos honrados en cada colectivo (partido, sindicato, gremio), pero es hora de que estas sanas golondrinas tomen las riendas y saneen a sus respectivas agrupaciones. Como bien señala un viejo aforismo: “si no luchas por acabar con la corrupción, acabarás formando parte de ella”. Ninguno de los rostros visibles actuales genera credibilidad. Urge la participación de figuras nuevas y frescas, comprometidas genuinamente con la patria, dispuestas a instaurar una cultura de transparencia, honestidad y ética. Nunca antes, la imagen internacional del país había caído tan bajo y, para colmo, merecidamente, por más que busquemos excusas nacionalistas para tapar nuestras aberraciones conductuales y codicias materiales.
Como apuntaba Voltaire: “quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero”.
El autor es médico