Mi padre fue una persona de pensamiento crítico, apegado a principios éticos, coherente entre discurso y acción, que mantuvo una mentalidad escéptica hasta el final de sus días. En la postrimería biológica, cuando los efectos metabólicos de su diabetes senil, fractura de fémur y enfermedad de Parkinson hacían estragos en su dignidad humana, me acerqué a su oído para preguntarle cómo se sentía y qué pasaba por su mente. Entre balbuceos, solo acertó a decir que se encontraba feliz, en estado de placidez, sin dolor ni sufrimiento alguno; el resto de frases fue una mezcla incomprensible de sonidos y murmullos. Murió minutos después. Yo había leído, en revistas médicas y en relatos periodísticos, muchas historias de gente que al “resucitar” narraba la ocurrencia de eventos místicos, cargados de júbilo y fantasía, que acontecían durante ese transitar por la fase terminal. Juani nunca regresó para contarnos.
Este íntimo recuerdo afloró recientemente, cuando un entrañable amigo me pidió opinión sobre un famoso libro escrito por el neurocirujano estadounidense Eben Alexander, titulado Proof of Heaven: A Neurosurgeon’s Journey into the Afterlife (La prueba del cielo: el viaje de un neurocirujano a la vida después de la muerte). Leí esa obra en 2012, su año de lanzamiento. No dudo de la franqueza del Dr. Alexander sobre su exposición a dicha “vivencia”, pero su interpretación del hecho dista mucho de ser racional, le respondí. Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) son episodios lúcidos que ocurren cuando alguien está tan grave que moriría si su condición no lograra mejorar rápidamente. Un 20% de los pacientes que sobrevive a una parada cardíaca asegura haber tenido una ECM, durante el tiempo de duración del coma o de la muerte clínica, en el que aparentemente desaparecen todas las señales externas de vida, incluida la conciencia, siendo luego capaces de describir sus sensaciones y percepciones, aunque no se haya registrado actividad cerebral alguna en esos momentos.
Las ECM incluyen algunos de los sucesos siguientes: separación de la conciencia del cuerpo físico, aumento en la percepción sensorial (calor, analgesia, ruido, música), emociones intensas, viaje a través de un túnel, observación de un haz luminoso brillante, encuentro con seres sobrenaturales o familiares fallecidos, deformación del tiempo y espacio, visualización de paisajes indescriptibles, detención ante barrera o límite, aprendizaje de información novedosa y retorno al ámbito terrenal. Estos elementos tienden a ser bastantes similares entre seres humanos de diferentes edades, culturas, creencias y patrones socioeducativos. Diversas hipótesis psicológicas, fisiológicas, neuroquímicas y neuroanatómicas han sido esbozadas para explicar el origen del misterioso fenómeno. Gran parte de la evidencia acumulada se publica ahora en la revista Journal of Near-Death Studies. Los casos llevan casi medio siglo de documentación y análisis, pero aún no se ha logrado encontrar una génesis científica convincente.
La explicación más aceptada se basa en el efecto sinérgico provocado por la anoxia y la liberación de sustancias con propiedades opiáceas o alucinadoras (serotonina, dopamina, endorfina, derivados de ketamina) en el sistema nervioso central. Las neuronas en la unión parietotemporal parecen tener una sensibilidad exquisita a estos químicos. Los trabajos en neurociencia sugieren que se trata de un fenómeno subjetivo ocasionado por un trastorno de la integración multisensorial. En uno de los últimos estudios (PLOS One, marzo 27, 2013), el grupo de la Dra. Marie Thonnard concluye que el cerebro humano recuerda con mayor grado de detalle las experiencias cercanas a la muerte que el resto de vivencias cuando se está despierto. Todo parece indicar que las sensaciones son solo un producto de la imaginación, similares a las alucinaciones inducidas por drogas psicodélicas.
Para intentar acabar con la incertidumbre, la Fundación John Templeton está financiando el proyecto Inmortalidad. El Dr. Sam Parnia, director de investigación sobre reanimaciones de la Universidad de Nueva York, tratará de determinar si las ECM son reales y discernir si sus causas son orgánicas, parapsicológicas o metafísicas. Se analizará la actividad cerebral de los enfermos que padecen arresto cardiorrespiratorio para precisar si las conexiones neuronales son susceptibles de provocar una experiencia subjetiva, como verse a uno mismo fuera del cuerpo y en tercera persona mientras los médicos reaniman. El experimento consiste en proyectar diferentes imágenes y sonidos, elegidos aleatoriamente, en las salas de reanimación de varios hospitales. Si esos pacientes comatosos que viven una ECM describen lo que les fue proyectado, se podría entonces descartar la hipótesis más extendida de que son simples alucinaciones.
El Dr. Alexander, en su truncado paso al más allá, declaró además que vio a una bella joven rubia de ojos azules, que le ofrecía amor incondicional. No es descabellado pensar que esa escena haya surgido como memoria de algún anhelo no resuelto que su traidor subconsciente había grabado en algún sector de la materia gris. Podría anticipar las imágenes que yo tendría en mi agonía: estar al lado de Darwin estudiando la evolución de las especies o de Gates en el momento que se logre la erradicación de la poliomielitis. También, por supuesto, podría estar involucrado en un affaire con Adriana Lima, pero eso jamás lo revelaría. Mi esposa me inyectaría estricnina en la venoclisis o, aún peor, me enterraría vivo. ¡Ouch!