La medicina basada en evidencias (MBE) emergió en el mundo médico hace unas tres décadas. Se originó en Canadá, diseminándose rápidamente por Estados Unidos, Europa y después en países subdesarrollados. La veloz acogida de esta herramienta de transparencia y calidad en la toma de decisiones clínicas fue facilitada por el fenómeno de la globalización. La iniciativa surgió para estandarizar los métodos de diagnósticos y terapéuticos que, para una misma enfermedad, deberían recibir los pacientes en cualquier lugar del planeta.
La MBE, y su principal legado práctico, las guías y protocolos de manejo, fue también bien aceptada por los estamentos jurídicos, particularmente en aquellas regiones donde abundan los litigios de mala praxis. La libertad que otrora tenía el galeno para ordenar exámenes y tratamientos, según su juicio empírico, se ha ido limitando cada vez más.
La MBE se ha ido optimizando con el paso del tiempo. Esta logística de trabajo nos ayuda a reconocer los límites de la ignorancia en medicina. Los profesionales más académicos saben que la universidad no tiene como función sacar productos terminados, porque el aprendizaje depende de la educación continua. Los conocimientos no solo son relativos, sino perecederos. Lo que es verdad hoy quizás sea falso en unas semanas. Ningún laboratorio, medicamento o procedimiento es bueno o es malo; sus atributos dependen del patrón de comparación. La efectividad cambia según los criterios de inclusión-exclusión y los grupos de control elegidos. Alrededor de todo estimado hay siempre un margen de variabilidad, reflejado en los intervalos de confianza.
La investigación clínica, el componente científico del quehacer médico, ha recibido un importante impulso a partir de la MBE. Los que cuestionan, honran el pensamiento crítico y entienden los vericuetos metodológicos que determinan la validez de un estudio, son proclives a ejercer una medicina más robusta. Los ensayos aleatorios y controlados, el máximo pedestal de la MBE, incorporan enmascaramientos y placebos para evitar que las convicciones del paciente o del investigador influencien los verdaderos efectos de la intervención. Estos estudios analizan muestras representativas y sus resultados se promedian, se procesan estadísticamente y luego se extrapolan al universo. Mientras más se parezca un paciente a los sujetos de esa muestra, más alta la probabilidad de éxito.
En las enfermedades menos homogéneas, sin embargo, la diversidad de respuestas será mayor y los hallazgos menos generalizables. La relativa temporalidad de la verdad y el escepticismo sobre la sabiduría precedente es, para los que comulgamos con los paradigmas cambiantes de la ciencia, otro acierto de la MBE. Un beneficio adicional es la educación en bases de datos y sistemas de búsqueda. De nada serviría generar en nuestros alumnos la incertidumbre, si no existieran estrategias accesibles para encontrar explicaciones. Hemos pasado de un déficit abismal de literatura científica a una verdadera inundación de publicaciones y referencias en internet. Durante siglos, el conocimiento estuvo concentrado en unos pocos lugares del mundo. Actualmente, las grandes brechas del saber se han acortado a través del acceso a la red informática. Un médico en Haití puede ahora tener acceso a la misma información que su colega alemán. Y, gracias a la MBE, ese conocimiento está mejor sustentado. ¡Enhorabuena!
El autor es médico