Los jóvenes son rebeldes e idealistas, pero inmaduros. Para que no sufran consecuencias adversas de sus actos, los adultos somos responsables en identificar conductas de riesgo e intentar mitigarlas de manera inteligente, no represiva. Conviene recordar algunas modas del pasado que tuvieron secuelas físicas o mentales relevantes y que fueron manejadas con torpeza. A finales de la década de los sesenta, por ejemplo, se inició el movimiento “hippie”, motivado por el rechazo a los valores de sociedades burguesas, conservadoras y belicistas, lo que indujo a la juventud de la época a recorrer el mundo en busca de diversión, misticismo y drogas. Muchas personas de esa generación padecieron enfermedades y adicciones que afectaron profunda e irreversiblemente sus aspiraciones educativas y capacidades intelectuales.
La juventud está siempre sometida a peligros: infecciones de transmisión sexual, embarazos precoces, abusos de alcohol y tabaco, bebidas azucaradas, comidas chatarra, etc. Al Estado le toca educar y proteger la salud pública de todos los ciudadanos para que no sean víctimas de sus desconocimientos o errores y de los apetitos inescrupulosos de empresas que fomentan vicios. Estamos en los albores de una nueva pandemia: la adicción al vaporizador electrónico. Se empiezan a colectar los primeros indicios científicos de las afectaciones médicas que se avecinan. El Centro de Control de Enfermedades ( CDC ) de Estados Unidos, ha sido notificado de un gran número de personas diagnosticadas con lesión pulmonar severa asociada al “vaping¨. Al día de hoy, casi 1,500 casos han sido reportados, con 33 muertes, tan solo en Estados Unidos. El 80% de los enfermos es menor de 35 años (la mitad menor de 21 años), con historia de “vapeo” con productos lícitos o ilícitos de nicotina, frecuentemente en combinación con tetrahidrocanabinol (THC), otros químicos (glicerina, propilenglicol, hierbas naturales, derivados de marihuana, vitaminas, saborizantes) y hasta estupefacientes poderosos.
Los dispositivos electrónicos fueron originalmente diseñados para que los adeptos al tabaquismo dejaran el hábito. La evidencia demuestra que pocos alcanzan dicho objetivo, mientras los demás quedan atrapados en el “vaping”. La concentración de nicotina es tal que una sesión diaria equivale a fumar 20-30 cigarrilos tradicionales. La adolescencia es una edad en que la nicotina es muy nociva para el tejido neuronal aún en desarrollo. La estrategia comercial de enganche es promocionar que el vapeo es inocuo, que tiene sabor agradable, que se hace a través de un dispositivo atractivo y que es fácilmente camuflado para evadir la detección de padres y maestros. Los más recientes, incluso, expelen aerosoles apenas perceptibles para el entorno. La presencia de componentes adictivos asegura una clientela fija para los irresponsables comerciantes.
Las autoridades, a mi juicio, tendrán una tarea de control más difícil que con el tabaquismo, porque los vaporizadores tendrían que ser analizados para verificar su contenido, fiscalizar la publicidad por internet, regular la venta ambulatoria, verificar las puertas de entrada al país y vigilar que no caigan en manos de jóvenes. Mi gran temor es la creciente aparición de enfermedades periodontales, pulmonares, cardiovasculares y cerebrales inducidas por sustancias inhaladas, además del surgimiento de una nueva generación de jóvenes adictos y subsecuentes adultos inservibles. Urge actuar ya.
El autor es médico