Si no supiera sobre la guerra de Coto, la tajada de sandía y el 9 de Enero, diría que la desunión y falta de amor patrio es parte de nuestra naturaleza. ¿Por qué el panameño no gusta del panameño? Porque, ancestralmente hemos aprendido (y nos han enseñado) a despreciarnos a nosotros mismos. Sin embargo, de unos años hacia acá nos rechazamos, a tal punto que inclusive hemos puesto en riesgo la identidad nacional.
¿Será que, al independizarnos de España para unirnos a Colombia, y luego separarnos de Colombia para aceptar a los gringos, creamos un sentimiento de insuficiencia nacional? Esto basado en que nuestra principal actividad económica fue derivaba de extranjeros y que, incluso, nuestros paisanos se peleaban los favores y las gracias del extranjero. Quizás, por eso, somos tan desunidos y poco nacionalistas. Tal vez, por eso, vivimos tan convencidos de que todo lo que provenga del extranjero (servicios, cosas o personas) siempre es mejor que lo nacional.
El sistema de castas que implantaron los estadounidenses en el Canal, Gold Roll y Silver Roll, dispuso a todo el que no fuera estadounidense como persona de segunda categoría. Ser tratado de esa forma, por extranjeros y en nuestro propio país, debió haber impactado el inconsciente colectivo. Peor aún, al revertir el Canal. El sistema de castas, lejos de erradicarse, se extendió al resto del país. Los panameños del otrora Silver Roll ocuparon el Gold Roll. Y el nuevo Silver Roll, lo constituyó el resto de los panameños. De tal suerte, tras la partida de los estadounidenses, quedamos aún más divididos. Lo que era fácilmente palpable en las escalas salariales, que no pudieron homologarse tras la reversión. Dicho de otra forma, un obrero o profesional panameño valía (y aún vale) más, dentro que fuera de la zona canalera.
Por otro lado, la siempre injusta distribución de riquezas, replica ancestralmente y, a todos los niveles, el mismo modelo de discriminación social. Los adinerados y poderosos (minoría) manejan a los empobrecidos y desprotegidos (mayoría), a través de un reducido personal de confianza (mayorales), cuya fidelidad se cambiaba por reconocimiento monetario o privilegios. Remarcando aún más el complejo de inferioridad, resentimiento y división entre los panameños. De allí surgió el servilismo hacia los ricos y poderosos, como método legítimo de superación personal. Y se declararon “los privilegios”, como esquema de retribución colaborativa. Léase, la tan querida e igualmente detestada “rosca”, “círculo cero”, etc.
Más tarde, los militares encendieron la mecha del odio social entre panameños. Declarando la lucha de clases (Pablo pueblo y el hijo de la cocinera) disfrazando de “justicia social” a la delincuencia y mediocridad contemporánea. Peor aún, incubando una cultura sometida, pedigüeña y violenta, que hoy se cree con derecho a todo, sin esforzarse por nada.
Recientemente, tuvimos que soportar cinco años de un gobierno traidor, que pactó con la empresa privada para desacreditar y reemplazar a los profesionales y mano de obra panameña, importando masivamente extranjeros. Inmigrantes desesperados que compiten de forma desleal con los nacionales, amparados por el beneplácito y mediocridad gubernamental, aceptando cualquier paga y condición laboral. En Panamá, los únicos que no progresamos somos los panameños (no así los chinos, judíos, etc.) Sería bueno que volviéramos a creer en nosotros. Llevando hacia adelante un país próspero y equitativo. Ordenando nuestro devenir sin corrupción. Sin necesidad que la mano extranjera (de una u otra forma) tenga que allanarnos el camino. Para esto, tendremos que eliminar todo odio, resentimiento y complejo de inferioridad hacia nosotros mismos, y demostrar que lo nuestro siempre puede ser mejor.