Harry Brown en El vencedor no aparece en la papeleta concluye que vivimos en un país económicamente neoliberal, culturalmente conservador y políticamente clientelar. Gran parte de la sociedad, además, es sociológicamente cínica, con la frontera entre el “inocente” juega vivo y la flagrante corrupción delimitada por una membrana sutil que se desgarra cuando surge la mínima oportunidad de acceso al poder. Estas cualidades obedecen a la ausencia de ética en el comportamiento cotidiano. Mientras sólidos principios éticos no sean incrustados en la mente del ciudadano para forjar pensamientos reflexivos y críticos, nuestra nación jamás saldrá del subdesarrollo ni transitará por senderos de honestidad, solidaridad, tolerancia y civismo.
En el siglo pasado, el eje conceptual del voto se orientaba hacia la izquierda o la derecha, operativamente traducido en socialismo o capitalismo. La elección era una especie de atajo cognitivo en torno a dichos fanatismos. Churchill criticaba ambos extremos al inferir que el capitalismo propiciaba desigual reparto de bienes, mientras que el socialismo conducía al equitativo reparto de miserias. La izquierda antigua ha tenido pocos adeptos en Panamá. Los partidos, por ende, se han movido por la derecha del péndulo, con escasas diferencias programáticas. Para ganar, las campañas proselitistas han procurado conseguir el dinero de los ricos y el convencimiento de los pobres con el pretexto populista de proteger a los últimos de los primeros
En esta época, la persona educada debería optar por un modelo de múltiples pilares para extraer lo mejor de cada bando ideológico y estructurar una opinión a la carta sobre la clase de gobernantes que desea elegir. Al analizar alternativas basadas en insumos económicos, sociales, jurídicos, culturales, étnicos y religiosos, la manera de pensar ante cualquier disyuntiva podría ser graficada con bastante precisión. Así, un votante informado se identificaría concienzudamente con proyectos de estatismo o privatismo, centralización o descentralización, autarquía o globalización, mercado regulado o libre, nacionalismo o multiculturalismo, autoritarismo o democracia, conservadurismo o liberalismo, Estado confesional o laico, ecologismo o progresismo, etc.
Estamos evaluando candidatos sin conocer su genuino pensamiento, porque ellos lo camuflan por intereses electoreros. Ninguno se arriesga a perder seguidores, aunque eso signifique transgredir convicciones personales. Nadie pacta la aprobación de la educación sexual en colegios públicos ni los DDHH de las minorías LGBT, por más que en la conversación íntima haya tal afinidad. Los partidos carecen de ideología y sus planificaciones cambian frecuentemente según la conveniencia del momento. El PRD, por ejemplo, tuvo un tinte socialista en sus orígenes, pero ahora todos sus cabecillas exhiben discursos de derecha. La demagogia forma parte de la arenga habitual, con promesas de toda índole, aun sabiendo que muchas no se cumplirán. Lo menos traumático sería votar por quien menos prometa. Al final, ese será el que menos decepcione.
El autor es médico