Como dice la canción del maestro Rubén Blades, al parecer los panameños seguimos “buscando guayabas”. Solo así se explica que, ante el irrespeto y la constante incertidumbre generada por las mentiras y medias verdades de Trump sobre Panamá, el gobierno panameño pueda sentirse motivado a ceder paulatinamente ante las insólitas y cada vez más irreverentes exigencias de este mitómano.
Hace poco, escuchamos al presidente Mulino decir, (refiriéndose a Trump), en su ya acostumbrado tono alto de los jueves: “Sobre la base de mentiras, no se pueden formalizar acuerdos o conversaciones bilaterales”. No obstante, nuestro enérgico presidente aún no ha podido explicarnos de manera sensata, serena y coherente: ¿por qué? y ¿para qué? se comprometió mansamente de buenas a primeras, ante el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, a las desafortunadas y curiosas “concesiones” que le hizo al gobierno de Washington a nombre de la nación panameña.
Una de ellas, sin duda fue, la de acceder al recibo y protección de inmigrantes deportados provenientes de Estados Unidos, con el agravante adicional implícito en sus declaraciones, de permitir eventualmente por parte de los norteamericanos, el establecimiento y construcción de una base de operaciones, o infraestructuras necesarias para su albergue en la pista de Metetí en Darién (bajo su costo como consuelo).
Todo ello se produjo sin considerar siquiera la necesidad, de redactar y firmar, en aquel momento, un acuerdo de entendimiento entre Mulino y Rubio, que especificara las naturales limitaciones soberanas, condiciones o prohibiciones que, en todo caso, Panamá le debería imponer a los Estados Unidos a cambio de este tremendo e inusitado gran favor, toda vez que el memorándum de entendimiento firmado en julio de 2024 entre Estados Unidos y Panamá (al que se alude) no contempla, por ningún lado, la deportación de extranjeros a territorio panameño, ni mucho menos el establecimiento de bases o albergues (por más humanitaria, transitoria o eventual que pueda parecer esta acción).
Suponemos, por ello, que ante la pregunta formulada por los periodistas al ministro de Seguridad Frank Ábrego: ¿Bajo qué condiciones, o acuerdos bilaterales pactados con Estados Unidos, es que Panamá recibe a este primer lote de inmigrantes deportados de Estados Unidos?, esquivando la pregunta, Abrego, se limitó a decir que: los panameños deberíamos estar tranquilos ya que los costos de alojamiento, traslado y alimentación de estas personas no le costará un real a Panamá.
Por otro lado, la sorpresiva visita a Panamá del almirante de la Marina estadounidense y jefe del Comando Sur, Alvin Hosley, constituye, sin duda, otro movimiento de Trump en su estrategia de intimidación y coacción hacia Panamá. Esto ocurre luego de que el mandatario estadounidense ha reiterado sus intenciones de controlar el Canal interoceánico, aduciendo un supuesto avance de China en la región. Paradójicamente, basa su discurso en acusaciones infundadas, mientras persigue el mismo objetivo que atribuye a otros: el dominio del Canal. Sorprende, e incluso resulta sospechoso, que el gobierno panameño no desmienta estas afirmaciones con la firmeza y el tono que la situación amerita.
En efecto, la embajada norteamericana en Panamá, en abierta sintonía con estos aberrantes disparates de Trump y, sin un atisbo de edulcorada diplomacia, expresó a los medios internacionales, que uno de los claros objetivos de la visita de Holsey a Panamá, es asegurarse de “resguardar el área del canal de la influencia y control del Partido Comunista Chino".
En consecuencia, es de suponer que después de la reunión con Holsey, el ministro Ábrego, el Administrador del Canal, o el Canciller de la república, nos dirán en su momento a los panameños, que la reunión con el enviado norteamericano, resultó tan cordial y positiva como la de Rubio, al punto que los panameños podemos dormir tranquilos ya que Trump no está pensando en cambiarle el nombre al Canal de Panamá, como ya lo hizo con el Golfo de México.
El autor es escritor y pintor.