Se trata de una situación no solo desagradable, sino también difícil de superar.
Llevamos 25 años administrando las operaciones de nuestro canal marítimo. Hemos cumplido a cabalidad con los tratados, mejorado la infraestructura y ampliado su capacidad para recibir buques de mayor tamaño, los Neopanamax.
Sin embargo, desde Estados Unidos se nos acusa de no estar haciendo bien nuestro trabajo y de que los chinos controlan el Canal. Lo gritan a los cuatro vientos, dejando a Panamá como un país incapaz de manejar su propio recurso.
No conformes con ello, nos envían a su secretario de Estado a exigir cambios inmediatos, advirtiendo que, de no cumplir, habrá consecuencias. Con semblante adusto, el funcionario estadounidense se reúne con nuestro presidente en “petit comité”. ¡Patética reunión!
Al finalizar, la vocera estadounidense y el secretario de Estado declaran que los puertos de contenedores controlados por China en ambos extremos del Canal representan una amenaza para la seguridad de su país. Además, informan que Panamá se compromete a ceder parte de su territorio en Metetí, provincia de Darién, para la construcción de un aeropuerto que funcionará como centro de deportación de inmigrantes.
Este acuerdo me recuerda escenas de la película Gladiador, cuando el pueblo romano se entretenía en el Coliseo viendo la desgracia y muerte de otros. ¡Doble indignación!
Como la cereza del pastel, se anuncia la no renovación del Convenio de la Ruta de la Seda, cuyos orígenes se remontan a la dinastía Han, antes de Cristo. Esta ruta conectaba Asia con Europa y África, pero fue cerrada por los otomanos. En el siglo XXI, China revivió la iniciativa, promoviendo el desarrollo en América Latina con inversión en infraestructura y tecnología. Más de 21 países, entre ellos Perú, Bolivia, Chile, Argentina, El Salvador y Brasil, han sido parte del acuerdo. Panamá, sin embargo, ha quedado fuera.
¿Qué pasó?¿Por qué esta decisión repentina?¿Se nos exigió?
Panamá tiene una posición geográfica envidiable. Somos el puente del mundo, corazón del universo, como decía el periodista Ignacio “Nacho” Valdés. El Canal de Panamá, por donde transitan mercancías para todo el mundo, es panameño, sin lugar a dudas.
Bien lo dijo Simón Bolívar: “Si el mundo hubiera de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino.” ¡Qué reflexión tan certera! Nos llena de orgullo.
Somos un país libre, democrático y respetuoso.
Por eso, señor presidente, no aceptamos respuestas solo los jueves ante tantas incertidumbres. En este momento, Panamá no necesita un mandatario bravucón ni prepotente. Frases como “Yo no estaba allí”, “Pregúntale tú”, “Tengo estrategias, pero no las diré”, “No creo en bochinches de comentólogos y opinólogos”, “Yo mando, soy el presidente”, “No necesito compañeros de viaje en este caminar”, entre otras, no lo fortalecen, lo desacreditan.
Señor presidente, no podemos permitir más mentiras ni ultrajes. Su pueblo —tanto quienes votaron por usted como quienes no, pero aman este país— lo apoyará con paso firme para salir de donde la puerca torció el rabo. Pero hágalo bien.
La autora es arquitecta.