Nota del editor: El editor de ‘Raíces’ sostiene que el siglo XX y lo que transcurre del siglo XXI han forjado lo que es el Panamá actual, el país en que vivimos hoy, mucho más que los siglos anteriores. De allí que el énfasis en la selección de las publicaciones recaerá en la historia de los siglos XX y XXI. La autora, Patricia Pizzurno, ha dedicado su vida a la investigación de la historia de Panamá. Entre sus principales ensayos ha publicado varios sobre la corrupción institucionalizada, algunos de los cuales se publicarán más adelante.
En 1903, las élites criollas anhelaban inventar una identidad nacional europea en Panamá. La imposición de la civilización con las consignas de la modernidad: orden, trabajo y progreso, intentaba abrirse paso en todos los órdenes de la vida, a través de una educación de corte eurocentrista y del fomento de la inmigración europea, conforme al modelo adoptado por Argentina, Uruguay y el sur del Brasil.
Pero el establecimiento de la Zona del Canal que hizo de Panamá una “zona de contacto” extrema, impidió el surgimiento de una sociedad moderna, mientras se consolidaban más que nunca las viejas estructuras socio-étnicas que las elites buscaban reemplazar.
Durante los años de la construcción del Canal, 1904-1914, los estadounidenses fueron endiosados por los grupos de poder, no solo por la construcción de la vía interoceánica, sino porque pensaban que de su mano se impondría la modernidad y la civilización en Panamá. Incapaces de ver el cúmulo de nuevos problemas que el Canal estaba generando, los comerciantes dieron rienda suelta al espejismo profundamente arraigado desde el siglo XIX, que proponía que el canal haría ricos y felices a todos los panameños.
El fin de las obras enfrentó a la sociedad panameña con la realidad, cuando decenas de miles de trabajadores extranjeros, sobre todo antillanos, fueron expulsados de la Zona del Canal y pasaron a residir en las ciudades terminales incrementando el número de desempleados, mientras el incontrolable costo de las vida, la precariedad urbana y la caribización del entorno urbano angloparlante, convertía a la capital de la república en una babel proletaria, una ciudad dormitorio de la Zona. A partir de entonces, comenzó el lento proceso de desdiosamiento de los estadounidenses que tuvo un fuerte ingrediente de desilusión económica, hasta llegar a su completa satanización hacia mediados de los años 50, en plena guerra fría.
El fin del sueño de la nación cosmopolita, el despertar de la fantasía de que el canal era per se la solución de todos los problemas de los panameños y que los estadounidenses llegaban para civilizar, precipitó también el ocaso del paradigma eurocentrista. De manera que los intelectuales comenzaron a buscar referencias de la nación en la sabana central, sobre todo en la península de Azuero, donde existía un remanente de población de origen hispano. La hispanidad, hasta entonces despreciada por las elites deslumbradas por “la fortaleza de la raza sajona”, cobró fuerza como conector nacional, mientras se impulsaba la hermandad latinoamericana. Hacia los años veinte, la intelectualidad panameña comenzó a buscar la comunión de raza, cultura y lengua con el conglomerado latinoamericano, pese a que nunca se sintió cómoda con los intelectuales del continente que imaginaban a la república como “un vasallo” de los Estados Unidos.
En 1926, cuando Octavio Méndez Pereira, presidente de la Comisión Organizadora del Congreso Bolivariano, invitó al jurista argentino Alfredo L. Palacios a participar en el evento, este se negó argumentando que Panamá era una colonia yankee. Esta posición, compartida por figuras de la talla de Alberto Ulloa, José Peralta, Víctor Raúl Haya de la Torre y hasta Augusto César Sandino, tendió a aislar cada vez a los panameños del universo latinoamericano, mientras se avivaba el encono hacia los Estados Unidos.
La autora es historiadora.
Editor: Ricardo López Arias.