En el principio, fue el verbo. Así inicia El nombre de la rosa (1980), una novela de 752 páginas. En ella se habla de Dios, religión, catolicismo, política, Satanás y del Anticristo.
Los acontecimientos transcurren en 1327 en una abadía situada en el norte de lo que hoy es Italia. Se refleja la disputa entre el Estado y la Iglesia, una pelea titánica. En la obra aparecen facinerosos, políticos, monjes, príncipes y el pueblo. Es una especie de manual sobre el siglo XIV.
Umberto Eco, nacido el 5 de enero de 1932 en Alessandria, Italia, y fallecido el 19 de febrero de 2016, propuso inicialmente a la editorial que el libro se titulara Adso de Melk, en honor al monje benedictino coprotagonista de la novela, quien solía escribir con pluma blanda. Eco, semiótico e italiano, exhibe una capacidad investigadora y un conocimiento profundo de las complejidades de esa época.
La novela tiene un aliento policiaco. La Iglesia recluta al fraile franciscano inglés Guillermo de Baskerville para investigar una serie de asesinatos en la abadía. Guillermo, cáustico y más inclinado hacia la razón que hacia la fe, recluta al novicio alemán Adso de Melk, de la orden benedictina, para llevar a cabo la investigación. El dúo actúa como un equipo de detectives al estilo de Sherlock Holmes y el Dr. Watson.
A medida que avanzan en la investigación, se despliegan una serie de situaciones alrededor de la abadía, con una mezcla de idiomas y dialectos. Sin embargo, se les prohíbe la entrada a la biblioteca, donde se guardan libros prohibidos. Guillermo y Adso logran ingresar de forma clandestina. La biblioteca resulta ser un laberinto lleno de instrumentos como relojes, astrolabios y manecillas, reflejo de la sabiduría acumulada en el lugar.
La novela ofrece una mirada aguda sobre el siglo XIV y la búsqueda de la verdad, que resulta ser una tarea complicada. Guillermo le muestra a Adso que la verdad está desviada; no se encuentra en el dogma, sino en el apego riguroso a los hechos.
El personaje de Jorge de Burgos, director ciego de la biblioteca, no sale bien parado en la narración. Prohíbe que los asistentes se rían, y el lector se topa con párrafos en latín o en dialectos antiguos. En la trama, Guillermo caracteriza a los “simples”, personas sin conocimiento, dominadas por el miedo al castigo divino. Se atribuyen al demonio todas las travesuras y asesinatos, pero el diablo solo reside en aquellos que piensan en él.
La palabra, señala Eco, no solo une, sino también desune. ¿Por qué se titula El nombre de la rosa? Fue una decisión del editor, no de Eco, ya que se consideró que la palabra “rosa” tiene una alta significación. Y así es la novela.
El autor es filólogo, docente y periodista