Mientras el Gobierno Nacional sigue adelante con su insoportable levedad, de vez en cuando surgen motivos para celebrar en este país de lacerantes contrastes.
Y celebrar debemos sin duda, por la llegada a Panamá de la extraordinaria obra de Julio Zachrisson -virtuoso grabadista, pintor de asombro, artista genial y panameño sin matices hasta el final de su vida-, como él lo deseaba.
Tras un largo proceso de negociación con el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), que se inició antes de la muerte del artista que se produjo el 18 de diciembre de 2021, y superando las dificultades propias de mover desde España una obra de tal magnitud, el pasado 18 de agosto se inauguró la exposición “Zachrisson, un artista entre dos orillas” en el MAC, la institución cultural que se ha convertido en la custodia de la producción del genial artista que fue llamado por el crítico de arte español, Juan Manuel Bonet, el pintor panameño más importante de la segunda mitad del Siglo XX.
La maravillosa colección privada del artista que ha sido donada al MAC, permite contemplar todos los géneros practicados con maestría por Zachrisson -grabados, dibujos, pinturas y esculturas-, algo que nunca antes pudo verse en Panamá, donde el artista realizó muchas exposiciones en diversos espacios a lo largo de su vida, pero nunca de esta magnitud. Se trata de un muy generoso regalo no solo al MAC sino a Panamá y a los panameños.
La exposición, que se extenderá por seis meses, incluye 75 grabados, 33 óleos, 35 dibujos y 25 esculturas, elegidas y distribuidas por los dos pisos del museo bajo la dirección de Juan Canela, curador del MAC. Además, se presentan animaciones por cine animal del largometraje Toro volandero, sobre la vida y el legado de Zachrisson; un documental sobre el artista realizado por Abner Benaín, fotografías, documentos históricos, cartas, publicaciones y un muy completo catálogo. Finalmente, la voz del artista podrá ser escuchada en algunas de las obras, gracias a las maravillas de la tecnología.
En 1997, el Gobierno de la época le otorgó a Julio Zachrisson la Orden Belisario Porras. En sus palabras de agradecimiento, reivindicó esa panameñidad que nunca lo abandonó y que es tan evidente en su obra, a pesar de los años de ausencia. “Que nadie me confunda con un cosmopolita… un cosmopolita es un ser sin raíces. Siempre que por los caminos del mundo tropecé con algo sorprendente, al contemplarlo y sentirlo como mío, evocaba con fuerza mi procedencia… lo fundamental de mi visión del mundo se encuentra aquí, en mi paisaje natural”, dijo aquella noche con emoción.
Ciertamente, la ausencia de Julio Zachrisson de su tierra, desde que partiera a México en la década de 19 50 -donde estudió muralismo y grabado en la escuela de arte fundada por Diego Rivera- y su llegada a Europa, primero a Italia y luego España, no hizo mella en su esencia que empezó a formarse en las calles de San Felipe, en el cercano Marañón o en los mágicos territorios del golfo de Panamá que conoció con los pescadores del terraplén, así como en las jornadas de protesta estudiantil por la situación colonial que vivía el país o en el taller del maestro Juan Manuel Cedeño.
“Escapó de las convenciones, de la cortedad de miras y de los fatigosos corsés provincianos muy pronto, para encontrar en los arrabales de la ciudad, en las fiestas de la gente humilde, el alimento propicio para sus ansias de vida. Esa afición por meterse en los vericuetos de las ciudades, en los márgenes en lo clandestino, la ha mantenido intacta”, relataba su sobrino Marcos Giralt Torrente en el catálogo realizado para la misma exposición que se presentó durante un año en el Cuartel del Conde Duque, sede del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid.
Marcos fue curador de aquella exposición y quien se propusiera cumplir los deseos de Julio, contra viento y marea. Afortunadamente lo logró y, evidentemente emocionado, la noche de la inauguración habló de ese maravilloso personaje que fue Julio Zachrisson, curioso, interesado por la gente, siempre pendiente de su patria a pesar de la lejanía, amante de la música y la alegría. Ese hombre que, como decía su compañera de vida Maricé Torrente, “mantenía vivas en el interior todas las edades. La curiosidad del niño, el ímpetu del joven, el temple del adulto, la sabiduría del anciano”.
Panameño y universal, Julio Zachrisson ha vuelto a casa para alegría de todos, para la grandeza del MAC en sus 60 años de existencia, para orgullo nacional.
Los invito a acercase al MAC para ver y disfrutar de una obra extraordinaria, para conocer un panameño singular, un ser humano irrepetible: Julio Zachrisson.
La autora es presidenta de la Fundación Libertad Ciudadana, capítulo panameño de TI