El becerro de oro es la tecnología basada en programas informáticos que imitan los procesos de la mente humana para aprender, razonar y resolver problemas a velocidad de la luz. Los mercaderes de Silicon Valley la adoran por dinero; los profetas del desastre le temen por ignorancia. La apodada IA: Inteligencia Artificial.
El miedo irracional al progreso técnico, la tecnofobia, es un viejo conocido de la historia. Cuando Johannes Gutenberg inventó la imprenta, los guardianes del dogma dijeron que era una herramienta del demonio para corromper las almas. La historia se repitió, paso a paso, con la llegada de la electricidad, la radiodifusión, la televisión e internet. Cada vez que una luz nueva se enciende en el horizonte, quienes prefieren la penumbra se asustan. La IA no es el anticristo; es apenas el espejo más rápido y nítido que la humanidad ha construido.
El peligro real de nuestra era no es la máquina que piensa, sino el hombre que está dejando de hacerlo. Hoy nos ahogamos en un diluvio de información y datos, pero sufrimos una terrible escasez de jerarquía moral. Mire alrededor. La IA es, en potencia, un instrumento pedagógico formidable, un motor democratizador del conocimiento y un acelerador científico sin precedentes. Si la dejamos atrapada en las redes del mercado y el negocio, perfeccionaremos la herramienta mientras vaciamos nuestra conciencia.
Frente a esta encrucijada se levanta la primera encíclica del papa León XIV. Una encíclica es una carta solemne que el líder de la Iglesia católica dirige al mundo para fijar una postura moral sobre un problema grave que afecta a la sociedad. Este histórico documento se titula Magnifica Humanitas (Magnífica Humanidad) y lleva el sello inconfundible de su autor: Robert Francis Prevost, el hombre de Chicago que hoy viste la sotana blanca.
Antes de ser elegido Papa, sirvió con pulso firme como líder del influyente Dicasterio para los Obispos en Vatican City. No es un pontífice ajeno a las tensiones políticas de su tiempo. Su origen estadounidense lo coloca en una posición singular de confrontación ideológica frente al trumpismo. Son miradas opuestas de dos compatriotas: mientras Donald Trump predica el éxito del más fuerte, el libre mercado sin frenos y el “sálvese quien pueda”, León XIV responde desde la fe defendiendo al inmigrante, al herido y al excluido de la mesa del desarrollo.
Magnifica Humanitas es un manifiesto de resistencia humanista frente a la deshumanización tecnológica. La UNESCO ya se ha pronunciado con claridad exigiendo que el avance digital respete estrictamente los derechos humanos. El Papa convierte este llamado en un imperativo ético urgente: cerrar la brecha tecnológica es el bautismo de equidad que este siglo exige. Una tecnología que solo sirve para ensanchar la distancia entre el banquete de los hiperconectados y las migajas de los desconectados no es progreso; es opulencia ciega.
La encíclica exhorta a que la IA sea un motor para aumentar nuestra humanidad, sabiduría, juicio y conciencia. Y también nuestra ética, entérense Trump y compañía. Los planes de las grandes corporaciones y el algoritmo del mercado deben pasar al segundo plano que les corresponde. La prioridad absoluta de la técnica debe ser la ética, la madurez, la dignidad y la solidaridad frente a la exclusión y la herida social.
Necesitamos que esta revolución digital nos devuelva la verdad y custodie la memoria histórica de los pueblos, en lugar de sepultarlas bajo el ruido de la red. El gran reto de nuestra generación es elevar la civilización. Para lograrlo, debemos inyectar madurez y valores a los circuitos, transformando el frío silicio —ese material mineral, inerte y grisáceo con el que se fabrican los microchips de las computadoras— en un verdadero puente de justicia social. Así sea.
El autor es periodista y filólogo.


