Hace unos días, Masha Amini, una joven de 22 años de edad y nacida en Saghez -una ciudad iraní del Kurdistán-, viajó a Teherán, donde fue detenida por miembros de la patrulla de orientación -la llamada policía moral-, porque no tenía colocado el velo (hiyab) de forma “apropiada”.
Tras la arbitraria detención fue conducida a una comisaría donde, supuestamente, recibiría una clase sobre lo que pueden o no pueden hacer las mujeres en la teocracia que es Irán.
Pero la “clase” no se produjo. Algo pasó en el camino y Masha murió tras permanecer dos días en coma.
Aunque la versión oficial es que Masha murió por problemas cardíacos, testigos aseguran que fue golpeada fuertemente en la cabeza mientras era conducida a la comisaría. Algunos medios afirman que los exámenes revelaron fractura ósea, hemorragia y un edema cerebral.
Es decir, Masha fue brutalmente golpeada mientras la llevaban a “clase”.
Cualquier intento del régimen de negar lo sucedido se estrella con las muchas imágenes que recorren estos días las redes y que evidencian la forma violenta y despiadada como operan los miembros de la policía moral, un verdadero ejército de hombres y mujeres encargados de que se cumplan las estrictas interpretaciones de la moral islámica. A las buenas o a las malas.
La muerte de Masha desató la furia de las mujeres iraníes que, desafiando las prohibiciones y la violenta represión de las fuerzas policiales, salieron y siguen saliendo a las calles de diversas ciudades del país para quemar la hiyab, decididas a no usarla más en homenaje a Masha.
Mientras escribo este artículo, las protestas continúan -muertos incluidos- y la ira tanto tiempo contenida por los abusos sin fin se generaliza, mientras el gobierno intenta detener lo que parece una verdadera revolución femenina por la libertad.
Ya sea que hablemos de libertad o de igualdad, la realidad sigue siendo cuesta arriba para las mujeres en casi todas partes del mundo. No olvidemos que hace solo unos meses la Corte Suprema de Justicia de Panamá, con la ponencia del nefasto José Ayú Prado -y apoyado por sus colegas Cecilio Cedalise, Secundino Mendieta, Olmedo Arrocha y Carlos Vásquez -, estableció diferencias entre hombres y mujeres en materia de esterilización en el sistema público de salud, negándole a las mujeres la autonomía de sus cuerpos que le conceden a los hombres. ¿Una policía jurídica de la moral?
La larga y dura senda recorrida por el movimiento feminista para abrir caminos de igualdad, haciendo posible que las mujeres lográramos el voto, la independencia legal y económica, la participación en política, los derechos sexuales y reproductivos, etc., libra estos días una batalla para impedir mayores retrocesos en medio de un escenario de creciente polarización.
Justamente el fin de semana pasado, el Centro de Iniciativas Democráticas (Cidem) realizó el X Encuentro de Politólogas y Politólogos, centrado en los graves problemas de polarización que enfrentan las sociedades y que tiene como consecuencia, un fraccionamiento del tejido social y un debilitamiento de las instituciones democráticas.
Durante el evento se analizó el fenómeno de la polarización desde la perspectiva de los derechos humanos -migrantes, mujeres y comunidad Lgbtq+-, el medio ambiente o el mundo de la política, con la participación de expertos internacionales y locales que dejaron en evidencia que los graves problemas que enfrenta la democracia solo pueden resolverse con más democracia, más participación y más educación.
Sobre el tema de género, la doctora Nelva Araúz Reyes hizo una descarnada radiografía de los duros momentos que enfrenta el feminismo en todas partes, debido a la fortaleza que han logrado los movimientos conservadores y fundamentalistas religiosos que utilizan la retórica de la llamada “ideología de género”, como estrategia para neutralizar el feminismo, capitalizando el concepto de género (demonizándolo) y apropiándose de otros como la vida, la familia, etc.
El equívoco concepto de “ideología de género” nació en los pasillos vaticanos y entre activistas católicos estadounidenses en la década de los 90 del siglo pasado, con el objetivo de hacerle frente a las transformaciones operadas en el feminismo y el activismo por la diversidad sexual, que fue logrando victorias tras las conferencias internacionales sobre Población y Desarrollo de El Cairo en 1994 y de Pekín en 1995.
Como tantas veces en la historia -como lo sufrieron las mujeres iraníes a partir de la Revolución Islámica de 1979 y más recientemente las afganas con el triunfo de los talibanes, así como las estadounidenses con respecto al aborto-, la reacción conservadora y los poderes religiosos ortodoxos se manifiesta, organiza y actúa para ponerle un freno a la libertad. Y sin duda, han tenido éxito.
El panorama es complicado, pero justamente por ello no hay más camino que la resistencia, la participación y la educación. Educar para la libertad, para la igualdad y para la democracia.
La autora es presidenta de la Fundación Libertad Ciudadana, capítulo panameño de TI.