Muchos desearían, para su tranquilidad o conveniencia ideológica, que la venerada inteligencia fuera una condición completamente heredable e inmutable, ajena a las circunstancias del contexto y al continuo de la interacción social que vivió su portador(a) mientras construía su vida.
Esta veneración ha sido histórica, y no pocas veces perseguida. Tener más o menos inteligencia puede generar problemas. No es la inteligencia en sí misma, sino quién la posee. Y, si somos precisos, hay que añadir a esa persona el contexto histórico y cultural que le tocó vivir, lo que valoriza, ya sea por supervivencia, estética o pragmatismo, los productos cognitivos o intelectuales. Sembrar y cosechar, navegar y orientarse ante el peligro, comunicarse con los dioses, educar, o dominar el arte de la guerra, con sus luces y sombras, son ejemplos claros (entre otros) de la operatividad de la inteligencia.
Los psicólogos nos encargamos de satisfacer ese afán de cuantificarla e interpretarla de la manera más objetiva posible. Sin embargo, la verdad es que cuesta mucho entenderla cualitativamente si la separamos del marco cultural en el que se desenvuelve. La cultura dota al ser humano de herramientas, lenguaje, conexión social y, sobre todo, configura al cerebro con el espíritu de la época. Preguntarnos qué amo, qué odio, en qué creo o valoro son cuestiones recíprocas entre el sujeto y el contexto, y eso no viene en los genes. No hay supervivencia en el vacío, ni ente pasivo que sea productivo de la nada. En otras palabras, nuestra mente, con todos sus atributos, y en especial la inteligencia, se transforma y se construye en relación con el mundo.
Mucho se ha hablado de la inmutabilidad, estabilidad y heredabilidad de la inteligencia como proceso cuantificable para interpretar y adaptarse al mundo. En algunas circunstancias históricas, ha sido utilizada ideológicamente (como en el Tercer Reich), como aval para el colonialismo, la explotación imperial e incluso para atenuar las violaciones de la ley o la normativa: “es un depravado, pero es inteligentísimo”, como se diría de Hannibal Lecter, mientras almorzaba una de sus víctimas. Teóricos como Howard Gardner (1983, 1994), Robert Sternberg (1996, 1999) y Reuven Feuerstein (1993) proponen una reconceptualización más acorde con la diversidad y singularidad cambiantes, contextuales e interdependientes de la inteligencia propia y ajena.
Parece de sentido común pensar que “al que le tocó, le tocó”, pero esta afirmación encierra un craso error implícito, pues los genes podrán ser determinantes, pero no suficientes. La dotación como posesión y uso de capacidades destacadas, llamadas aptitudes (Robert Gagné, 2003), y el talento como dominio destacado de capacidades sistemáticamente desarrolladas, nos sugieren una dicotomía básica que hace referencia a la transformación del potencial y los catalizadores intrapersonales y ambientales involucrados, los cuales expresarán finalmente la producción tangible o intangible de la inteligencia.
No controlamos el paquete genético que nos tocó, ni la familia, ni el ambiente social en el que nos desarrollamos (o padecemos), pero las posibilidades de manifestar esas características pueden surgir en las permutaciones del azar o la casualidad. La simplicidad de “el que quiere puede” se fragmenta ante la complejidad e incertidumbre de los referidos catalizadores. En gran medida, gestionamos lo que nos tocó; algunos más y otros menos. La idea de que la inteligencia se mide únicamente con pruebas debe tomarse con cautela.
En la mayoría de los casos, estas pruebas son solo un fotograma de un proceso sujeto a múltiples criterios de mediación cognitiva (Reuven Feuerstein) u oportunidades. Su variabilidad puede ser congelada, bloqueada, invisibilizada o enriquecida, dependiendo de los factores mencionados. El trauma, la pobreza y el analfabetismo son algunos de los factores (entre otros) que impedirán al más experimentado de los evaluadores determinar la famosa cuantificación del Cociente Intelectual (C.I.), tan seductoramente esperado.
La segregación o discriminación, en cualquiera de sus variantes, es otra práctica normalizada de anulación de la inteligencia. Vale la pena mencionar a las mujeres superdotadas atrapadas en el dilema de destacar o callar (Carmen Sanz Chacón, 2023). Estas mujeres invisibilizan sus talentos frente a sus pares masculinos para apaciguar su apetito depredador.
El costo en salud mental es enorme, con una alta probabilidad de manifestación del síndrome de la impostora (Pauline R. Clance y Suzanne A. Imes, 1978). Las sutiles o descaradas prácticas de acoso laboral a las que son sometidas agravan su inestabilidad emocional. Solo con ver de cerca la amenaza, da miedo. La cultura conspira contra ellas y normaliza esas prácticas oprobiosas que cercenan su futuro prometedor desde el parvulario.
Su dotación genética puede caer en desuso si no reciben el reconocimiento social, cultural y laboral que merecen. Al igual que ellas, otros colectivos (minorías étnicas y sociales) requieren que desmarquemos mitos y respetemos la singularidad de la inteligencia, que nace y se expresa en sociedad, y que también se transmite, nos guste o no, culturalmente en un continuo histórico.
El autor es psicólogo y magister en altas capacidades y educación inclusiva.