En estos días de agitación social son varios los tipos de documentos que han circulado. Leyes, decretos, comunicados, contratos, fallos, acuerdos, manifiestos, edictos, informes, anuncios, notas, estudios, artículos de opinión, noticias, hasta memes, son tipos de textos que hay que leer para comprender el problema. Al mismo tiempo, todas estas clases de texto se han leído desde distintos artefactos y medios letrados como WhatsApp, Instagram, Facebook, correos electrónicos, medios digitales; mensajes enviados y recibidos de forma textual desde nuestros móviles y ordenadores.
Esto nos da una idea significativa de las prácticas lectoras en el escenario social donde la comprensión lectora es importante. Dentro del universo de las operaciones mentales, Luigi Tuffanelli define la palabra comprender así: “El término «comprender» deriva del latín cˇum, «con», y prehěndere, «tomar». El significado etimológico es por tanto «tomar unido», «con-tener». ¿Contener qué? Las informaciones, por sí mismas, no bastan”. No bastan, porque la lectura literal significa leer las palabras; es decir, se basa, como afirma Daniel Cassany, en la información semántica y sintáctica que aporta el texto.
No obstante, leer críticamente va un poco más allá, porque al leer no basta con comprender las palabras, sino que debemos interpretar lo que en el fondo nos dicen ese conjunto de palabras (información). Interpretar significa aquí valorar críticamente el texto. Consiste en tener la habilidad de realizar, casi simultáneamente, una serie de destrezas como literalidad, retención, organización, inferencia, interpretación, valoración, incluso creatividad. Allí radica la diferencia entre leer literalmente y leer críticamente.
Leer críticamente es tener claro que hay un contexto desde donde se reproducen esos textos y que los mismos son escritos con intereses precisos que suelen apelar a una ideología y que guardan relación con intereses puntuales de otras personas que no siempre están de acuerdo. Leer críticamente es leer entre y tras líneas para poder generar una opinión, conectar el discurso con otros, saber por qué se escribió y con qué intención, además de “…ser capaces de tomar partido a favor o en contra de esta opinión, sea de manera global o parcial” (Casanny). Estos entramados de textos en contextos de tensiones y contradicciones prueban que la comprensión y el conocimiento no son adquisiciones pasivas, sino que requieren un esfuerzo constructivo.
Todo texto tiene una intención. Es por eso que cosas tan básicas como las rutinas del pensamiento son importantes a la hora de descubrir el propósito del autor. Razonar con evidencia (¿por qué pienso como el autor?), hacer conexiones ideológicas (¿por qué concuerdo con el autor?), descubrir lo complejo (¿qué hay debajo de la superficie del texto?), captar la esencia y sacar conclusiones (¿qué hay en el núcleo o centro del texto?), construir explicaciones (¿qué está ocurriendo realmente?), descubrir lo que existe (¿qué observas y adviertes?), preguntar (tener curiosidad y dudar) y considerar diferentes puntos de vista (¿Se puede ver desde otro ángulo?).
Si se quiere comprender un documento no basta con tener conocimiento de la realidad que generó el texto; es necesario aplicar una rutina de pensamiento y posibilitar la interiorización del conocimiento para volverlo competencia. De lo contrario, no somos lectores críticos, sino que estamos de acuerdo con algo sin entender por qué lo estamos. Cuando el lector logra, sobre una base de estructuras de pensamiento cognitivo, depositadas en la memoria, elaborar hipótesis, argumentos, opiniones, perspectivas o conjeturas que posibilitan darle sentido a la estructura global del texto, hay comprensión crítica de lectura.
En la marea textual que ha corrido en estos días de crisis, lo mínimo que el lector requiere para desentrañar cualquier tipo de texto es dominar tres macro habilidades o macro competencias que constituyen una gran red: la red temática, la red explicativa y la red enunciativa. En resumen, la red temática sería identificar el tema, de qué se habla, qué se dice, dónde y cuándo. Con la red explicativa, el lector debe tener una idea de las causas y suponer los efectos, saber el por qué, el cómo y las consecuencias. Con la red enunciativa debemos tener claro la intención ideológica del autor, sus objetivos y sus razones, que se matizan en la información en la forma en que gestiona el discurso. En este plano, el lector debe ser capaz de generar una crítica de valor que puede ser emotiva o estética.
Entonces, creemos que después de la crisis se presenta una nueva oportunidad desde la educación que deben aprovechar los docentes. Creo que se debe pensar en la relación estrecha entre las prácticas letradas que han permito un acercamiento a textos contextualizados para reflexionar sobre una serie de problemas como el ecosistema, la ciudadanía, la ética, la política y los derechos humanos. La pregunta es, ¿están los docentes formados para brindar a los estudiantes los conocimientos necesarios para el desarrollo del pensamiento crítico y una enseñanza que permita alcanzar las competencias desde la lectura para comprender de forma crítica lo que pasa en el país? ¿Será posible una educación que abogue por un lector eficaz que aprenda a interactuar con el texto, interrogando y buscando las respuestas como ciudadano? ¿O seguiremos como estamos?
El autor es escritor