Hoy, 3 de noviembre, me encuentro lejos de Panamá y, como cualquiera que tenga algo de sensibilidad, estoy preocupada por lo que sucede. Y no solo en mi tierra.
Vivimos tiempos de alarmante polarización, cuya última manifestación la vimos hace unos días en Brasil. Parece ser el signo de los tiempos. Unos tiempos donde la facilidad para divulgar información, para transmitir conocimiento, para comunicarnos ha producido, paradójicamente, un mundo crispado, donde el espacio común en el que podamos encontrarnos para trabajar por el bienestar general parece haber desaparecido. La mentira se abre camino asombrosamente para sustentar intereses y creencias, por encima de los hechos, la historia o la ciencia.
Pero hay excepciones. Hace unos días escuchaba las inspiradoras palabras del Dr. Julio Escobar, como abanderado del simbólico acto de siembra de banderas que cada año se organiza en la Ciudad del Saber. Como se sabe, el Dr. Escobar decidió en su momento regresar a Panamá, a pesar de tener importantes oportunidades laborales en Estados Unidos, deseoso de aportar al desarrollo nacional.
Doctor en ingeniería electrónica por el Massachusetts Institute of Technology (MIT), Julio Escobar ha sido puntal fundamental en el avance de la ciencia en Panamá, así como un luchador incansable en el más que complicado proceso de transformación de la educación del país.
Sus palabras fueron un importante llamado a la reflexión sobre lo que realmente implica honrar a la patria, más allá de los formalismos, los símbolos y las retóricas. Para ello nos advirtió sobre lo que llamó nacionalismo excluyente, ese que rechaza al otro usualmente por miedo, por no entender algo que no nos es familiar, por recelo e incluso por terror a la competencia que, debería siempre provocar el deseo de superarnos, de ser mejores.
Un “nacionalismo” que, por ejemplo, impide que puedan a portar al desarrollo del país profesionales extranjeros con excelente formación adquirida en universidades de primer nivel y que, por esos azahares del destino, viven en Panamá. Hemos creado un laberinto de impedimentos legales que, con el argumento de la protección de los panameños, no permite a los extranjeros ejercer sus profesiones en este supuesto “puente del mundo y corazón del universo”.
Quienes defienden estas absurdas limitaciones alegan razones insólitas de protección a las profesiones, ya que en el resto del mundo los colegios profesionales tienen requisitos objetivos para que los extranjeros ejerzan las diversas carreras. Ninguno de esos requisitos es ser nacional del país en cuestión.
Pero la cosa es aún peor en Panamá. Las absurdas y dañinas limitaciones afectan incluso a los panameños que regresan al país con el deseo y la ilusión de empezar su vida profesional. Esto es especialmente grave en el mundo académico, donde los procesos de acreditación existentes constituyen una carrera de obstáculos desmoralizante que, en no pocos casos, logra que los recién llegados busquen otros horizontes profesionales.
Así, ese nacionalismo excluyente del que nos hablaba el Dr. Escobar, se transforma en la defensa de un privilegio y de un espacio de poder, en perjuicio de nuestra juventud que busca en la educación universitaria la fórmula de superación personal, de movilidad social y el camino para aportar al desarrollo nacional.
Por ello, el Dr. Escobar nos pide que nos dediquemos a trabajar y honrar a la patria desde un nacionalismo que llama incluyente, que abre la puerta a nuevas ideas, a la diversidad, al otro, al debate de ideas desde la buena fe y con el objetivo de avanzar en beneficio colectivo. Una visión que nos refiere a la ciencia —incluyendo las ciencias sociales, por supuesto— donde las ideas se analizan, se estudian, se someten a pruebas, se validan para lograr la certeza, el avance, el beneficio colectivo.
Julio Escobar nos pide que esa defensa de nuestra bandera, que marcó la pauta de nuestra lucha nacionalista durante todo el siglo XX, le abra paso a una lucha donde la solidaridad con el otro —sin importar su nacionalidad— sea lo que guía nuestras acciones.
Si nos importa el otro y su destino, no podemos consentir ni validar esa cultura del privilegio que parece tan cómodamente instalada en nuestra consciencia y en todos los sectores sociales. Una cultura del privilegio que está en el corazón de la corrupción que nos carcome, de la nefasta impunidad, del terrible “juega vivo”, de la destrucción de lo público, de la indiferencia. Ser solidarios significa que trabajar por el bien común.
Con el horizonte del próximo torneo electoral acercándose, y con un ambiente cada vez más crispado, las palabras de Julio Escobar son una clara guía para continuar en la construcción de un mejor país. Escuchemos y actuemos.
La autora es presidenta de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana