No basta con imaginar lo que pensaría (o sufriría) Arnulfo Arias con esto de Panamá y China, dicho sea de paso, curiosamente propuesto por su actual y más emblemático heredero político. Habrá que verlo sin apasionamientos, no desde la óptica China ni Varelista, ni mucho menos Varillista (recordando las maneras de Felipe Bunau…) Al contrario de Estados Unidos, que decae enredado en una guerra ideológica por el advenimiento de Trump, China ha sabido venderse como “la gran solución a todo”. Como si fueran el nuevo vehículo que funciona con recursos naturales renovables, barato y bueno. En contraposición a los norteamericanos, que siguen proponiendo autos de “mejor calidad” pero caros y con mala combustión (la corrupción como insumo o efecto residual).
El evento se ha celebrado de tal forma que no solo parece un asunto de establecimiento de relaciones diplomáticas, sino más bien nuestra adhesión a otra potencia más. Según se nos ha hecho ver, los chinos vienen a reestructurar Panamá y a sacarnos del pasmo económico que produjo nuestra mala democracia. ¿Qué ironía, no? Un gobierno comunista salvando a la democracia. Sin embargo, más que celebrar, a nuestro gobierno debería apenarle tener que delegarle a otra nación, la solución de problemas de infraestructura, tránsito y economía. A no ser que ellos entiendan por “soberanía” la no intervención de China en la corrupción político-empresarial panameña. O dicho de otro modo, más negocios para los corruptos de siempre.
El sueño chino, por muy bueno que sea, no cubrirá nuestros derechos y deberes cívicos. Si el pueblo no reclama su lugar en todas las negociaciones (sin ceder representatividad a líderes tibios, políticos cuestionables y empresarios grises) esto, más que ayudarnos, nos empeorará terriblemente la vida. Piénselo bien, ¿A cuántos empresarios panameños no les gustaría tener empleados trabajando al mismo costo y condiciones laborales que en China? ¿Cómo será con la posible migración de un país con más de mil millones de chinos? Que ya no vendrían necesariamente como tenderos.
Quisiera creer que hoy, al contrario del 18 de noviembre de 1903, tenemos una sociedad y un gobierno lo suficientemente estructurados y fuertes para distribuir bien los acuerdos interestatales; no un grupo de avaros vendiendo a Panamá. China es un titán y el mercado panameño muy pequeño, su gusto por Panamá podría focalizarse en: posición geográfica y/o recursos naturales. Pero de cualquier forma, analizándolo fríamente (dado su volumen de producción y la cantidad de habitantes, versus los nuestros y nuestra corrupción) existe la posibilidad insoslayable de que nos conviertan rápidamente en mano de obra descartable. Más que cerrar los ojos y pensar que esto “nos va a resolver la vida”, todos los panameños deberíamos involucrarnos. Tenemos que empezar a practicar la soberanía en modo preventivo, haciéndoles entender a los chinos de antemano, que queremos un nuevo aliado no otro tirano.
El autor es ingeniero en sistemas