Cuando uno se sumerge en el océano de las ciencias (duras o blandas), resulta fácil abstraerse de los problemas cotidianos que ocurren en el entorno. Es una situación dicotómica, donde por un lado te deleitas con las dudas, incertidumbres, hipótesis, teorías y generación de nuevo conocimiento que protagonizan los científicos, mientras por el otro te frustras con los odios, fobias, violaciones de derechos humanos, supersticiones y perpetuación de corrupción impune que emana de la sociedad. Salir del éxtasis que producen los pioneros hallazgos de una investigación para entrar en la decepción que inducen las irracionales conductas de nuestra especie, es ciertamente un cambio drástico que afecta la salud mental de la gente honrada y ética. Muchos seres humanos, desafortunadamente, no han podido todavía desprenderse del rabo y pelambre de sus antepasados simiescos.
Durante el fabuloso congreso organizado por la Asociación Panameña para el Avance de la Ciencia (Apanac), pude disfrutar de una charla magistral dictada por el físico guatemalteco Fernando Quevedo, profesor en la universidad londinense de Cambridge, de las más recientes nociones sobre el origen del universo. El brillante expositor indicó que durante los últimos 50 años se había avanzado más en el entendimiento del cosmos que en toda la historia precedente. Quevedo enfocó su conferencia a los últimos cuatro descubrimientos, todos galardonados con el premio Nobel: el fondo cósmico de microondas (2006: Mather y Smoot), la energía oscura (2011: Perlmutter, Schmidt y Riess), el bosón de Higgs (2013: Englert y Higgs) y las ondas gravitacionales (2017: Weiss, Barish y Thorne).
Dos teorías, actualmente aceptadas por la mayor parte de científicos, ayudan a explicar el origen y evolución posterior del universo. La teoría del Big Bang, una especie de cataclismo sideral ocurrido hace 14 mil millones de años, indica que una gran explosión permitió pasar de un estado de alta densidad y temperatura (condensación extrema) a uno de dispersión masiva de energía y materia en espacio y tiempo. La teoría inflacionaria, por su parte, sugiere la expansión infinita del universo después del evento explosivo inicial, fenómeno sustentado al calcular el distanciamiento continuo entre las galaxias a lo largo de intervalos milenarios. Stephen Hawking, poco antes de fallecer, dejó evidencias escritas que apoyarían una idea previa relacionada a la presencia paralela de múltiples universos, a través de sus estudios sobre la teoría de cuerdas (modelo del multiverso, basado en la concepción multidimensional de las P-branas).
La Tierra es un lugar extraordinariamente diminuto en la vastosidad cósmica. Lo curioso es que a pesar de nuestra lacerante insignificancia, vivimos dispuestos a extinguirnos mutuamente. Nos consideramos importantes y con la vanidosa facultad de imponer hábitos y credos propios a los demás. Con tantos astros, estrellas, galaxias y posiblemente universos que nos rodean, muchos estudiosos empiezan a soñar con una putativa existencia de otros seres en algún rincón lejano del firmamento. Sigmund Freud lo presagiaba de manera brillante: “La más clara prueba de que hay vida inteligente en otros planetas es que aún no han venido a visitarnos”. Ningún extraterrestre desearía copiar el fallido modelo de convivencia y charlatanería del Homo imbecilis.
El autor es médico