Segunda Parte. En el año 2018 Eddie Tapiero presentó su libro: “La Ruta de la Seda y Panamá”, donde analiza el impacto de las nuevas relaciones comerciales entre Panamá y China. En el estudio se destaca la importancia de la iniciativa “Una Franja, Una Ruta” (OBOR, por sus siglas en inglés), que busca revitalizar la histórica Ruta de la Seda.
Esta iniciativa, propuesta por China en 2013, tiene como objetivo fortalecer las conexiones terrestres y marítimas entre Asia, Europa y África, promoviendo el comercio, la infraestructura y el desarrollo económico global.
La historia de Panamá es una historia de narrativas que se cruzan. Los panameños hemos estado siempre gravitando en medio de relatos con tensiones políticas. Tomar decisiones ha marcado siempre nuestro destino.
Panamá, en su condición de tránsito universal, se encuentra una vez más ante una encrucijada. Esta vez, la senda no la marcan ni los galeones ni los ferrocarriles, sino una conflictiva relación geopolítica entre naciones poderosas que extienden sus intereses hasta el corazón de nuestro istmo.
Cuando Panamá estableció relaciones diplomáticas con China en 2017, se abrió la puerta a una iniciativa con muchas posibilidades, pero también se abrió otra de nuevas contradicciones por la falta de visión institucional, transparencia y diplomacia. La iniciativa no solo ofrecía oportunidades económicas, sino que también prometía la cooperación multinacional y la sostenibilidad, si la gestión se hacía correctamente.
Panamá, con sus puertos y el Canal, pudo convertirse en un centro regional de distribución, maximizando los beneficios de esta alianza estratégica. Sin embargo, era esencial que Panamá desarrollará estrategias a largo plazo para aprovechar plenamente esta oportunidad, manteniendo la armonía regional, asegurando un desarrollo sostenible y, a la vez, su soberanía.
La promesa de inversiones en infraestructura suena seductora. Hablamos de puertos modernizados, nuevas carreteras, tecnología de punta, redes de información y un posible auge comercial que podría significar más empleo y desarrollo. Pero, como en cualquier acuerdo, la letra pequeña es la que hay que leer con lupa, porque es allí donde se esconden preguntas peligrosas: ¿La negociación se da en igualdad de condiciones? ¿Existen costos políticos al margen de la alianza? ¿Hasta dónde la palabra soberanía pierde sentido? ¿Debemos permitir que una de las partes nos obligue a no negociar con otra?
Hay un documental interesante de la DW en YouTube titulado: “La nueva Ruta de la Seda” donde los investigadores exponen una realidad incómoda: el megaproyecto chino no es solo una propuesta económica, sino también una estrategia geopolítica. La expansión de China desde estos corredores comerciales redefine equilibrios de poder y genera dependencias que, en otros países, han originado déficits y deudas impagables. También hay impactos en el medio ambiente que son de temer.
Panamá, históricamente no fue parte de la Ruta de la Seda, pero la nueva iniciativa dilata su mirada coqueta hacia la ruta marítima que tiene Panamá. Es aquí donde el país debe pararse firme. Nuestro Canal, nuestra posición y nuestra autonomía no pueden ser moneda de cambio en una relación donde los intereses nacionales queden relegados. Ni por China ni por Estados Unidos. Por eso Estados Unidos ve a China como una amenaza.
En nuestra opinión, la verdadera amenaza son los gringos. No podemos permitir que Estados Unidos venga a decirnos cómo hacer las cosas y menos amenazar con quitarnos el Canal. China podrá tener intereses de expansión económica, pero más imperialista y más colonizadora que USA, jamás. Si no queremos perder el control del timón y la oportunidad de desarrollar el país, hay que fortalecer nuestras instituciones, limpiar la casa y exigir transparencia en cada acuerdo y diversificar nuestras alianzas.
Como país soberano, debemos asegurarnos de que el desarrollo sostenible y equitativo venga sin injerencias ni imposiciones arbitrarias de otros. No debemos hacerle ranitas a ninguna potencia, sino velar y defender las oportunidades que beneficien a nuestra gente.
En esta encrucijada la cultura también juega su parte protagónica. Panamá tiene la posibilidad de convertirse en un Hub de conocimiento y entendimiento entre Oriente y Occidente. Nuestras instituciones culturales y educativas, pueden ser nodos de intercambio de información; la colaboración académica y científica con China, es importante; nuestra cultura puede ser también un puerto donde los artistas y escritores sean embajadores de un diálogo que trascienda lo meramente económico.
Estamos en una encrucijada. Pero las encrucijadas, lejos de ser un dilema sin salida, son también una oportunidad para escoger el mejor camino y decidir con inteligencia. Lo importante es no dejar que otros decidan por nosotros y que se respete nuestra soberanía. Que sea Panamá, su gente, su historia, su sangre y su dignidad, lo que delinee la ruta a seguir.
Quiero terminar aludiendo al epígrafe tomado de Eddie Tapiero que ilustra este artículo. La Ruta de la Seda representa una oportunidad para Panamá. Más allá de la incertidumbre y el miedo que podamos tener, debemos conocer y aprender a dialogar con China, no darle la espalda. Porque al menos ese país nunca nos ha pisado con su bota militar y, francamente, creo que no sueña con querer hacerlo.
El autor es escritor.