La historia de Panamá ha estado marcada por hitos importantes, pero quizá ninguno tan relevante como el retorno del Canal de Panamá a manos panameñas. Y es que, desde el inicio de la república, nuestra historia estuvo ligada a esta significativa e influyente obra de infraestructura, diseñada para servir al mundo, Pro Mundi Beneficio.
Durante décadas, la lucha por la soberanía y la entrega del canal a manos panameñas se convirtió en nuestra causa compartida, el objetivo común que nos unía como panameños. El 31 de diciembre de 1999, alcanzamos por fin la victoria, convirtiendo ese anhelado objetivo en una realidad. Comenzó una nueva era, en la que los panameños pudimos tomar las riendas de nuestro propio futuro.
Aunque no del todo, una parte importante de la dinámica económica de nuestro país gira en torno a ese canal ahora panameño, incluyendo la importante decisión de su proyecto de ampliación.
Tenemos el canal. Y ahora, ¿qué?
Desde entonces, tras lograr una de las hazañas de las cuales debemos sentirnos orgullosos, Panamá parece navegar con una brújula no tan clara. Jugamos a todo y a nada a la vez. Parece que carecemos de un nuevo objetivo país o de una visión compartida del Panamá que queremos legar a las futuras generaciones. Sin una clara dirección, cualquier cosa suena y parece “interesante”. El último ejemplo de esto ha sido la minería a cielo abierto, que personalmente considero incompatible con nuestra geografía especialmente biodiversa y delicada, de la cual, por cierto, dependen un número importante de actividades socioeconómicas del país.
Al revisar el índice de complejidad económica de la Universidad de Harvard, actualizado con data hasta 2021, vemos que, en la última década, Panamá ha perdido significativamente competitividad, cayendo 54 posiciones, mientras que Costa Rica, solo para poner una referencia, ha mejorado cuatro posiciones. Costa Rica ha diversificado su economía añadiendo 20 nuevos productos desde 2006, mientras que Panamá, en el mismo periodo, solo ha añadido seis nuevos productos, siendo el cobre responsable del 98.11% del total. Decidimos, sin estar plenamente conscientes y sin considerar sus implicaciones, diversificar nuestra economía casi exclusivamente en la minería.
Otro detalle interesante y relevante en cuanto a nuestro vecino es que, según informe publicado por el Cinde (Coalición Costarricense de Iniciativas de Desarrollo), en septiembre de 2023, al tercer trimestre de este mismo año, 28 nuevas empresas multinacionales confirmaron su decisión de instalarse en Costa Rica en los sectores de servicios, manufactura e infraestructura turística. Algo bien están haciendo los ticos para ser atractivos para la inversión extranjera vanguardista y contemporánea.
Cerramos el año con la mesa servida. Después de una de las peores crisis socioeconómicas vividas en las últimas décadas y del fallo emitido por la Corte Suprema de Justicia el 28 de noviembre de 2023 declarando inconstitucional la Ley 406 del contrato minero, tenemos la oportunidad y obligación de redefinir el país que queremos ser y construir una nueva narrativa que nos una para los próximos 100 años.
Soy optimista. A pesar del impacto que sin dudas esta situación tendrá a corto plazo sobre la económica, creo que podemos salir fortalecidos de esta situación, pero debemos hacerlo con intención, aprovechando la oportunidad que nos brinda una vez más la historia y contando con los mejores hombres y mujeres del país, dispuesto a dar un paso adelante para recuperar el país. Debemos ser disruptivos y apostar por la innovación, estimular el emprendimiento, incentivar de inversión extranjera de empresas serias que traigan consigo conocimiento acorde a los retos del siglo XXI y atrevernos a dar el gran salto de diversificar nuestra economía, apalancándonos en nuestras fortalezas y oportunidades como país.
El autor es ciudadano