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Por más ciudadanos de raíz y menos ciudadanos de escaparate

Por más ciudadanos de raíz y menos ciudadanos de escaparate

Hay un tipo de ciudadanía que brilla mucho y pesa poco. Fotografía bien, viaja a conferencias internacionales, domina el vocabulario de la inclusión y la sostenibilidad, comparte estadísticas en redes sociales y firma peticiones digitales con la misma velocidad con que pasa al siguiente contenido. Su referencia es el mundo. Su acción, casi siempre, termina en la pantalla. La llamo ciudadanía de escaparate: visible, articulada y hueca cuando se enfrenta a lo concreto.

Frente a ella existe otra ciudadanía, menos fotogénica y más poderosa. Es la del vecino que conoce el nombre del río que cruza su comunidad, que sabe cuántos niños de su comarca no llegaron a la escuela este año, que no espera a que un decreto resuelva lo que una asamblea de vecinos puede mover. Esta ciudadanía no necesita audiencia. Necesita arraigo. La llamo ciudadanía de raíz. Estoy convencida de que es la única que transforma sociedades.

Conviene precisar qué no es ciudadanía de raíz: existe un territorio intermedio que suele confundirse con ella, el de la buena acción esporádica. La limpieza de playa, la visita a la comunidad, el día de voluntariado. Acciones genuinas, bien intencionadas e insuficientes cuando se convierten en el techo de la participación. El ciudadano de raíz no acalla su conciencia haciendo el bien un domingo y sintiéndose en paz el resto de la semana. No visita la comunidad: vive en ella, la acompaña, regresa. Su compromiso no es un gesto que calma la culpa. Es una práctica cotidiana, acumulativa e irreversible. La diferencia no está en la intención: está en la continuidad.

La variación entre ambas no es solo de método. El ciudadano de escaparate denuncia. El ciudadano de raíz propone, organiza y transforma. El primero habla de diversidad en abstracto; el segundo sienta en la misma mesa a jóvenes de la ciudad y de la comarca para resolver un problema real. Su impacto no se mide en likes: se mide en vidas transformadas, presupuestos redirigidos y leyes corregidas.

La ciudadanía de escaparate puede volverse cómplice del statu quo. Cuando el activismo digital sustituye a la acción organizada, las instituciones que fallan encuentran en ese ruido la coartada perfecta: algo se está haciendo, la indignación circula, parece que alguien está al tanto. Mientras tanto, nadie revisa el contrato, nadie asiste a la audiencia pública, nadie sabe el nombre del funcionario que firma el presupuesto. La visibilidad sin continuidad no es civismo: es decoración.

Los países referentes en ciudadanía activa no lo son por accidente. Finlandia construyó su democracia desde la escuela, integrando la participación cívica como competencia central del currículo, no como materia opcional de un semestre. Canadá convierte las diferencias en capital comunitario: los recién llegados no son receptores pasivos de servicios, son convocados a construir sus barrios desde el primer año. Uruguay ha demostrado que las reformas más duraderas provienen de pactos ciudadanos construidos desde abajo, con organizaciones que tienen historia, continuidad y credibilidad territorial. El común denominador no es la riqueza del país ni la perfección institucional. Es haber apostado por ciudadanos que actúan desde adentro, todos los días.

¿Cómo construimos más ciudadanía de raíz? Reconociendo que el talento trasciende las ciudades. Está en las comunidades que el sistema formal no ve, no mide y no incluye. Hay que institucionalizar la acción ciudadana en el currículo escolar — competencia central certificada, tan rigurosa como las matemáticas — y no reducirla a un eje transversal. Urge conectar a los jóvenes con problemas reales de sus comunidades, porque la ciudadanía que no se practica no se aprende. Hay que medir lo que importa: cuántos jóvenes fueron capaces de identificar un problema, organizarse, proponer e implementar — no cuántos asistieron a una charla sobre derechos.

Las conversaciones no construyen escuelas, no salvan niños que cruzan ríos, no corrigen leyes que nadie lee. Para eso se necesita ciudadanía que se quede, que insista, que conozca a cada persona a quien afecta lo que está peleando.

El ciudadano global más poderoso no es el que más viaja. Es el que más ama lo concreto.

La autora es presidenta de la Fundación para el Desarrollo Económico y Social y expresidenta de la Junta Nacional de Escrutinio.


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