La semana pasada se suicidó el asesino de Facebook Live, Steve Stephens; el mismo que publicó un video en la red, baleando a un anciano en plena vía pública. Aunque estamos lejos de eso en Panamá, ¿qué debemos hacer para no terminar utilizando las redes sociales de semejante forma? Hay periodistas (quejosos del supuesto intento de censura gubernamental de los medios de comunicación), que apelan tenazmente para que los usuarios de las redes sociales “se autorregulen”. Pero, ¿acaso la autorregulación funciona en Panamá tan siquiera entre ellos?
Las redes sociales ganaron la empatía y credibilidad que perdieron ciertos medios, manipulados por el poder, y heredaron su crudeza de aquellos que no supieron “autorregularse”. Todo lo que hagan los medios de comunicación se agranda en las redes sociales. Estas son un medio de comunicación supermasivo, al tener un alcance mayor (exponencial y casi inmediatas). Constituyen la evolución natural de los medios de comunicación y la causa de su próxima extinción.
Los fútiles intentos de censura y manipulación para unificar las cosas bajo un solo mando opresor, traerán más guerras como la que podría venir entre Corea del Norte y Estados Unidos. La tecnología en desarrollo, en buena lid, tiende a la unificación social por libre decisión, no por sometimiento o engaño. El mundo unificado que nos plantean las redes choca con la corrupción política (y el divisionismo que genera), porque la desnuda, exponiéndola. WikiLeaks, los papeles de Panamá, el lío de Odebrecht y la migración masiva responden a la visión del mundo como uno solo.
Sin embargo, las redes portan un tóxico insoslayable. Cuando usted ve a un desconocido muerto por crimen o accidente, por razones primitivas del instinto de supervivencia su cerebro se “alegra” (rápida e inconscientemente) de que el muerto no sea usted. También nos alegran, aunque más conscientemente, los temas sexuales, por el instinto de conservación de la especie. Estos choques cerebrales, aunque no éticos ni morales, causan cierta gratificación inmediata al cerebro. De manera que el ser humano utiliza, de forma consciente e inconsciente, los medios de comunicación masivos y supermasivos para tales fines. Esto, en su grado adictivo y pandémico podría llevarnos a constituir una humanidad indolente y amoral (autoextinguible).
El enviciamiento, por inmediatez, se realimenta de la pobre calidad de vida que nos dan, que nos obliga a vivir lo más rápido posible y apenas desahogándonos en placeres cortos. La inmediatez modernista es la búsqueda intuitiva y desesperada del placer efímero, como método de supervivencia ante sistemas política y socialmente explotadores.
¿Qué debemos hacer para que lo bueno nos interese más que lo inmediato? Reprogramar la mente y entender que lo bueno llega “después de pensar mejor las cosas”. Idear mecanismos para que lo bueno nos interese más que lo inmediato. ¿Difícil, no? Peor aún si consideramos que en un par de años seremos gobernados por mileniales (quieren todo satisfactorio e inmediato). La caída violenta y acelerada de los esquemas de gobiernos opresores no dejará más salida que reencontrarnos, para bien, en las redes mundiales (sociales, de mercadeo, etcétera).