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Un pacto social para el futuro: imposible pero indispensable

El tecno-futurólogo Peter Leyden sostiene que la humanidad está entrando en una nueva era —La Gran Progresión— que transformará los fundamentos económicos, políticos y culturales del mundo entre 2025 y 2050. Su tesis parte de una convicción optimista: vivimos el umbral de una civilización más sostenible, inteligente y potencialmente más justa, impulsada por tres fuerzas convergentes e irreversibles: la Inteligencia Artificial, la Energía Limpia y la Bioingeniería. Estas tecnologías, si son guiadas por una visión ética y una gobernanza democrática renovada, podrían propiciar un cambio de paradigma comparable al paso de la Edad Media al Renacimiento o de la Revolución Industrial a la era digital.

Leyden plantea que la Inteligencia Artificial no solo automatizará tareas o reemplazará empleos, sino que reconfigurará el modo mismo en que pensamos, producimos y gobernamos. La energía limpia abrirá el camino hacia un capitalismo sostenible que supere la lógica depredadora del capitalismo financiero, basado en la especulación y el consumo ilimitado. Y la bioingeniería, combinada con los avances en salud, longevidad y neurociencia, ampliará los límites de la vida humana, desafiando las fronteras entre lo natural y lo creado. Estas tres revoluciones tecnológicas se entrelazan, generando un sistema económico interdependiente y circular, donde la productividad se mide no solo por el lucro, sino también por la sostenibilidad, el bienestar social y el equilibrio con el planeta.

En el terreno político, Leyden prevé la transición de la democracia representativa hacia una democracia digital, apoyada en la participación directa, la transparencia algorítmica y la deliberación ciudadana mediada por plataformas tecnológicas seguras y descentralizadas. Este modelo podría revitalizar la política, hoy erosionada por la polarización y la corrupción, permitiendo una gobernanza más inclusiva, informada y colaborativa. Paralelamente, el sistema internacional del Estado-nación tenderá a ceder terreno a formas de gobernanza mundial, necesarias para gestionar bienes comunes planetarios como el clima, la inteligencia artificial, la biodiversidad o el ciberespacio. El futuro no será de patrias aisladas, sino de interdependencias reguladas globalmente.

Sin embargo, Leyden reconoce que este progreso coexiste con una fase de decadencia y resistencia. Mientras algunos países avanzan hacia el futuro, otros retroceden hacia el pasado. El trumpismo y mileismo del negacionismo ambiental y capitalismo salvaje, así como el autoritarismo bukelista o madurista, aunque de signos distintos, encarnan la reacción de sociedades atemorizadas ante el cambio: buscan seguridad en el control, la nostalgia y el mito del orden. En paralelo, democracias corroídas por la corrupción, el populismo y el despilfarro —como la Argentina peronista o el Panamá de las gastadas cúpulas clientelistas— muestran el agotamiento del viejo sistema político, incapaz de adaptarse a los desafíos del siglo XXI. Estas realidades representan no solo una crisis de liderazgo, sino de imaginación histórica: la incapacidad de visualizar un proyecto colectivo que trascienda la inercia y el cortoplacismo.

Para Panamá, el desafío es monumental. El país está en la encrucijada entre sumarse a la Gran Progresión o quedar anclado en el ciclo de corrupción, inequidad y rezago social. Afrontar el futuro exige inteligencia estratégica y audacia moral: repensar nuestras estructuras sociales, políticas, económicas, educativas y culturales para que estén a la altura de una época que no esperará. La educación debe convertirse en motor de pensamiento crítico y de innovación; la economía, en un sistema de producción verde y digital; la política, en un espacio de servicio público transparente y colaborativo.

Se necesita, ante todo, un pacto social renovador, en el que todas las fuerzas vivas de la nación —Estado, empresa, academia, sindicatos, comunidades y ciudadanía— se comprometan a construir juntos el país del porvenir. Un pacto para reinventar Panamá, no desde el miedo al cambio, sino desde la esperanza lúcida de quienes comprenden que el futuro no se adivina: se prepara.

Esta debería ser nuestra respuesta nacional ante el desafío de la Gran Progresión, como respondió el general San Martín, cuando sus superiores, argumentando que la empresa era demasiado arriesgada, le negaron suficientes pertrechos para la campaña del Perú: “Puede que sea imposible, pero es indispensable“.

El autor es médico salubrista.


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