El año que afortunadamente termina ha sido testigo de la exacerbación xenófoba en diferentes partes del mundo. Europeos contra musulmanes, españoles contra magrebíes, estadounidenses contra mexicanos, dominicanos contra haitianos o panameños contra venezolanos son solo algunos ejemplos. La xenofobia, una ideología que se basa en la aversión a lo foráneo, es cimentada por complejos de inferioridad y prejuicios históricos, socioeconómicos o nacionalistas que fomentan el miedo a la pérdida de la propia identidad o a la competencia laboral. Esta deplorable conducta humana ha estado presente en nuestro país desde hace más de un siglo, pero usualmente de manera intangible o esporádica. Cuando era niño, recuerdo que al principio nos llamaban “españolitos de mier...”, por más que hubiésemos nacido en territorio istmeño. Mis padres habían abandonado su Barcelona natal para alejarse de la tiranía franquista y se radicaron en La Chorrera en la década de los años 50. Como mi progenitor fue un médico campechano que ayudó a fomentar, como jugador y técnico, el fútbol chorrerano (había jugado en el Mallorca de primera y en varios equipos de segunda división), la rápida integración social de la familia facilitó una relación armoniosa con la gente del pueblo.
Aparte de la moderada benevolencia con que fueron acogidos los inmigrantes españoles, italianos y judíos, otras estirpes étnicas no tuvieron la misma fortuna. Brotes de feroz xenofobia ocurrieron durante la traída de negros afroantillanos para la construcción del Canal o con la masiva introducción de chinos como negocio particular de los políticos de la época. De hecho, escarbando remembranzas históricas, la Constitución de 1941 contenía decretos xenófobos. Una síntesis de los escritos de Arnulfo Arias Madrid decía: “El censo ha demostrado que la población del istmo ha aumentado muy poco, como también que desde 1903 hasta la fecha la poca inmigración ha sido casi en su totalidad constituida por razas consideradas indeseables que obligaron a nuestras Asambleas a sancionar leyes en 1926, 1927 y 1928 (todas durante la presidencia de Rodolfo Chiari), que prohibían las inmigraciones de chinos, japoneses, sirios, turcos, índico-orientales, indio-arios, negros de las Antillas, de las Guayanas, cuyo idioma original no sea el castellano, al territorio de la República”; “Vemos con espanto una nube negra de habla inglesa ocupar nuevos barrios de nuestra principal ciudad y extenderse por sus suburbios en Las Sabanas, Pueblo Nuevo, Río Abajo y en cada esquina de nuestras aldeas, pueblos y ciudades una mancha amarilla que ha atestado con sus métodos comerciales de cuartillo y su dieta de arroz y chop suey los negocios de las manos de los panameños”.
El mismo Arias Madrid ya había publicado un artículo en el Boletín Sanitario de 1934, cuando era jefe del Departamento de Sanidad y Beneficencia, con el título “Eugenesia, el Mejoramiento de la Raza” que brevemente expresaba: “Es hora de que se adopten medidas prácticas y nos permitimos sugerir que al mismo tiempo que se elimina el elemento indeseable, ya sea por repatriación o expulsión, se debe extender la esterilización sistemática a aquellos enfermos de ambos sexos que por su edad y su estado podrían aumentar su familia o establecer una, cuyos miembros, según todas las informaciones, experiencias y probabilidades, serían otros tantos candidatos a reformatorios, hospitales, cárceles y asilos”. Esas declaraciones eran ciertamente una vergüenza desde la perspectiva bioética.
Paradójicamente, varios estudios científicos demuestran que casi todos los panameños tenemos genética forastera, en menor o mayor proporción. Hasta los primeros pobladores, llamados originarios, emanaron de antepasados euroasiáticos que cruzaron el puente helado de Beringia hace 15 mil años y establecieron caseríos nómadas en tierras americanas. Como bien señala Juan Goytisolo: “Todos somos emigrantes, hijos y nietos de emigrantes. El mundo está en perpetuo movimiento, es heterogéneo, mutante, y lo será cada vez más. Las migraciones polinizan nuestro suelo con los musgos, líquenes y helechos de sus lenguas, costumbres, música, condimentos y guisos. La cultura es precisamente eso, la suma de las influencias que recibe a lo largo de su historia”.
Conviene separar, no obstante, ese sentimiento xenófobo de aquel que genuinamente reclama por una inmigración regulada. El tráfico desenfrenado de extranjeros, habitualmente propiciado por funcionarios oportunistas para fines lucrativos, trae perturbación del entorno, actividad delictiva, trata de personas, prostitución clandestina y una agria disputa por puestos laborales de menor complejidad. Aunque la evidencia indica que la mayoría de inmigrantes es gente buena y trabajadora, cualquier trastorno del orden social resonará con fuerza desproporcionalmente mayor a si lo hubiera provocado un nacional. El inmigrante, por tanto, debería tratar de integrarse lo más rápidamente posible, adaptándose a las tradiciones y normas de convivencia de la sociedad que lo alberga para evitar ser señalado y discriminado. Aquellos que delinquen, eso sí, deben ser deportados a su parcela de origen. Ya tenemos suficientes maleantes nativos para tener que ocuparnos también de los ajenos.
Y ahora que sabemos que Odebrecht salpicó con dinero sucio a campañas electorales, licitadores de obras, sectores mediáticos, cuentas bancarias y firmas de abogados durante los gobiernos de los tres grandes partidos políticos, la justicia requiere enfocarse plenamente en tiburones criollos, no en sardinas foráneas. De no hacerlo, se sospechará que en el gran embarre hay apellidos poderosos y el “juega vivo” continuará siendo nuestra marca país. @xsaezll