En 2009, el director James Cameron sorprendió al mundo con Avatar, una propuesta de ciencia ficción ambientada en un futuro donde el ser humano ha conquistado el espacio. La historia comienza con la llegada del protagonista, Jake, a Pandora, una luna habitada por los na’vi, una especie humanoide de piel azul con una profunda conexión espiritual con su entorno. El conflicto surge cuando Jake descubre que los militares que lo han enviado a Pandora buscan extraer un mineral, sin importar la destrucción del hábitat de los na’vi, y decide desafiar sus órdenes.
Avatar es la película más taquillera de todos los tiempos, y no por casualidad. A pesar de que la audiencia comparte rasgos con los villanos de la historia, es más fácil identificarse con los humanoides azules, que luchan por preservar sus tradiciones y su ecosistema. Desde su estreno, la película ha sido asociada con causas ecológicas y ha servido para recordar episodios oscuros de la humanidad, como la conquista de América. No imagino a nadie en mi entorno apoyando a los líderes militares de Avatar ni al inversionista que financia su destrucción, mientras arrasan con Pandora.
Y, hablando de destrucción ambiental irreparable, Panamá ha vivido más de un caso en el que se sacrifica el patrimonio natural en nombre del “progreso”. La misma sociedad que se indigna con la codicia de los villanos en Avatar se divide entre quienes defienden nuestro ecosistema y quienes justifican su devastación con el argumento de la generación de empleos. Resulta sorprendente cuántas personas hoy repiten sin cuestionar los “datos” fabricados por grupos codiciosos. Se afirma, por ejemplo, que el cierre de Minera Panamá ha provocado la pérdida de 50,000 empleos, pero los datos del INEC —antes y después del cierre— no respaldan tal cifra. Se dice que “el daño ya está hecho” y que da lo mismo, pero ni siquiera se sabe con certeza cuánta área ha sido afectada, cuánto del daño es reversible y cuánto es irreparable.
No faltan quienes aseguran que “si Dios puso ese mineral en nuestro subsuelo, es para aprovecharlo”, un razonamiento similar al destino manifiesto que inspiraba a los villanos en Avatar. ¿Por qué en la pantalla grande somos capaces de entender lo que en la vida real nos negamos a ver?
El fallo de la Corte Suprema de Justicia que declaró inconstitucional la Ley 406 de 2023 marca un avance hacia un modelo en el que el Estado prioriza el bienestar social y el interés público por encima de cualquier beneficio económico. Invito a quienes aún no lo han leído a hacerlo: el fallo reafirma el compromiso de no vulnerar los derechos de la niñez y las futuras generaciones. Entre otras irregularidades del contrato, los magistrados destacaron la violación del derecho a un ambiente sano y a la salud, en conexión con el derecho a la vida. También abordaron el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y el principio de no regresión en materia de derechos humanos.
Confieso que me sorprendió ver cómo los magistrados encontraron herramientas legales para proteger el futuro de nuestro patrimonio natural. Quien lea el fallo difícilmente podrá justificar el desarrollo económico a costa de un ambiente devastado. Si aún no lo ha hecho, le invito a tomarse el tiempo de leerlo y a plantearse una pregunta: si la historia de Avatar se desarrollara en Panamá, ¿de qué lado estaría usted?
La autora es ingeniera.