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Ana Pascal, la campeona del gueto

Nació en Colón, estuvo presa en Estados Unidos y hoy es campeona del mundo. Vive en una barraca de madera. ‘Lo peor es la suciedad, las enfermedades’, explica Pascal. Porque en Curundú la frontera es un acento.

Ana Pascal, la campeona del gueto

"Cuidado, no caminen por aquí que les van a robar" advierte una niña de 10 años, con trenzas, mientras ríe y juega al fútbol en la entrada de una multi en Curundú. Suena reggae a todo volumen. Ella patea dos penales. Mete uno. El portero, más pequeño que ella, canta a los gritos y dispara al aire con la mano siguiendo lo que dice la lírica.

Es sábado, de mañana.

Otra mujer mira la cámara de la fotógrafa de La Prensa. "Ay, niña, no vayas con eso afuera por aquí", le susurra y mira para los costados. "Andan armados, con la vaina, te salen de cualquier lado".

La calle está tranquila y no da miedo. Sin embargo, los vecinos parecen ver dos corderos a punto de ser devorados por los lobos.

"¿Van a casa de Ana Pascal? Es en las barracas de allá, vayan, no se queden mucho en la calle. Ofi".

Ana Pascal es la primera mujer panameña que alcanzó el Olimpo inmaculado que solo habitan aquellos que se han guindado un cinturón de oro en la cintura. Es campeona mundial de boxeo, título reconocido por la Wiba (Woman International Boxing Association). Pero pasa sus días en el gueto: viviendo en San Miguel y entrenando en Curundú.

Espejos

Curundú, en realidad, son dos lugares. Uno cariñoso, el otro triste. Las diferencias son abismales. Hasta semánticas: el Curundú rico no es Curundú, sino Curundu. "Son como dos hemisferios mentales del cerebro panameño" escribió en Mosaico Rafael Candanedo. "En Curundú imperan la violencia y la pobreza extrema, y en Curundu, la prosperidad, lo revestido y la filantropía taiwanesa".

Como en un espejo diabólico, Curundú refleja los rostros indelebles de un país que está desangrándose entre la riqueza extrema y la marginalidad. En el Curundú pobre, por ejemplo, hay una computadora cada 173 personas.

La movilidad social es un sello característico de la zona. Gente que llega y encuentra un rincón donde dormir, que está, aunque en el borde, dentro de la ciudad. En Curundú, solo el 35% de la gente es propietaria de su casa. Una nota publicada en Le Monde Diplomatique sobre el Plan Colombia en marzo del 2005, dice que "Curundú recibe desplazados desde hace medio siglo, pero en los últimos años estos han aumentado ostensiblemente". Hablan de colombianos pobres que escapan de la guerra. Aunque, como informan en Casa Esperanza, la tendencia está cambiando y cada vez más son indígenas de las Comarcas los que pueblan esta zona

"Pero todavía uno puede buscarse el dólar diario, con la boca, sin robar. O vendes tu cocaína. ¿Trabajo? Yo tengo obras de construcción cada dos o tres meses. Pero uno tiene que vivir todos los días", explica un joven en la entrada del Gimnasio de Curundú donde Ana Pascal entrena cada día. Tiene 23 años. Ese es el promedio de edad de los que habitan Curundú, donde un tercio está desocupado, un tercio vive bajo los niveles de pobreza y donde los que sí trabajan reciben un sueldo promedio de apenas 242 dólares mensuales.

"Ana es una tía para nosotros. Nos cuida y nosotros la cuidamos a ella. Cuando nos molesta la policía ella les dice ‘suave que es mi sobrino’. Y mira que la policía molesta", ríe el muchacho. "Sí, vienen aquí, te piden cédula y después te tiran en Veranillo sin un cuara", lo interrumpe otro señor con una niña en brazos. En el gueto, los monólogos siempre son corales, una especie de voz general que se articula a través de diferentes discursos.

Gloria

Pascal vive en las barracas de San Miguel, en el primer piso de un pasillo largo y oscuro que está saturado de ropa colgada. Un joven fuma quenque mientras pone sus sábanas a secar. Pascal, a su vez, barre. Viste una chaqueta azul, el pelo corto al ras y muestra un andar algo pesado. "Pasen, siéntense", insiste ella, escoba en mano. Tiene 41 años.

Una vecina la llama. "Apareció muerto el hombre", le dice. Ana se pone seria, mira el piso. No dice nada.

Su casa son dos cuartos extremadamente pulcros. Pascal tose y tose. Dice que el lunes tiene que ir al médico para hacerse estudios porque no está nada bien -el lunes le dirán que tiene un virus en el estómago producto del agua que consume-. "Que era bronquitis pensé pero ahora no sé, hasta tuve que dejar de entrenar", dice. "Imagínese".

Señala una pequeña zanja que corre abajo, a lo largo del pasillo, un pequeño río de pestes que cruza todo el complejo. "Hay baños que desaguan ahí, uno respira esto. Es lo peor del gueto, la suciedad, las enfermedades".

Con este panorama a su alrededor es que Pascal mantiene su sueño encendido. En diciembre volverá a defender su título luego de 15 meses sin pelear. No le queda mucho tiempo. Y lo sabe. Por eso entrena sin parar.

Todas las mañanas corre alrededor del Estadio Demóstenes Arosemena, luego hace gimnasia en un parquecito de la barriada y finalmente llega al gimnasio donde día tras día perfecciona movimientos y suda con alegría. Aunque su título no la ha sacado de la pobreza, sí la llenó de gloria. Pudo cumplir la promesa que le había hecho a su madre antes de morir: ser campeona.

Y eso es lo que la vuelve una persona poderosa. "Si tú no te valoras, nadie te va a valorar. Yo estoy segura de lo que soy, de mi historia, de dónde vengo. Lo que digan no importa".

Es tanto lo que tuvo que hacer esta mujer para salir adelante que hasta debió pelear contra quienes, dado su rudo aspecto, ni siquiera creían que era una mujer.

En Colombia, incluso, le hicieron exámenes médicos para verificar su sexo. "Yo di mi consentimiento para que el público no tuviera dudas. Lo que pasó fue que la colombiana a la que le gané el título, andaba diciendo que lo había perdido contra un hombre", recuerda.

Peleando a la contra

Pascal nació en Colón, en calle 13 y Herrera. "Esquina de maleantes", recuerda. Su padre era entrenador de boxeo y desde esos días -cuando pasaba horas en el gimnasio donde él trabajaba- es que sueña lo que sueña.

Sus primeras peleas, como las de todos, fueron en la calle. Los maleantes ponían a pelear a los pelaos para divertirse. Y Pascal nunca se dejó. Que no conoce el miedo dice. Ni sexo ni tamaño mide, que ella se faja. "No me acuerdo de haber perdido una pelea en la calle" explica. Recuerda nocauts silenciosos en esquinas llenas de gente, ganchos de izquierda que repite ahora con suavidad de bailarina. Su leyenda en Colón siempre corrió de boca en boca: la chica que pegaba más fuerte que los hombres. "Mucho corazón, mucho corazón", sentencia ella. Luego se disculpa. Tiene que descansar. Por fin hay una pelea esperándola.

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