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Don Alejandro y las selvas del Río Indio, 1952

El ornitólogo estadounidense Alexander Wetmore visitó el istmo en 1952. Durante su estadía recorrió río Indio, así como otras partes del país. Hoy, sus huellas todavía siguen profundas en Panamá.

Don Alejandro y las selvas del Río Indio, 1952
Fotografía hecha por el Dr. Alexander Wetmore a María Asista, en la boca del Río Indio, en 1952. Cortesía

Este julio, los medios resaltaron las declaraciones del administrador del Canal de Panamá que para garantizar agua suficiente por 50 años para el canal y las potabilizadoras que suplen a dos millones de habitantes urbanos, urgía el embalse sobre río Indio. Ello trajo a mi mente las impresiones que sobre este río dejase el primer naturalista que lo explorase en 1952.

En el verano de 1944 arribó al istmo un hombre alto, canoso, delgado, lento en andar y parco en hablar. Tenía 58 años. Era uno de los ornitólogos más famosos del mundo. Vino a estudiar las aves del archipiélago de Las Perlas e iniciar, sin saberlo, una nueva etapa de su vida que ligaría su nombre al de Panamá. Volvería a explorarlo los siguientes veranos hasta el de 1966. Así surgió su obra Birds of the Republic of Panama, la biblia sobre las aves del istmo, publicada en cuatro tomos por el Instituto Smithsonian.

Era Alexander Wetmore. Sus amigos panameños le decían Alejandro, los campesinos don Alejandro y su esposa Beatriz, le apodaba Alejo. Ansiaba explorar una región científicamente desconocida, las selvas lluviosas del Caribe. La cuestión era cuál de tantos ríos. Su amigo Eugene Eisenmann Brandon le facilitó datos útiles y escogió río Indio.

Un avión de la fuerza aérea los dejó en Albrook, con su asistente Watson. Unos vehículos con doble tracción los llevan al final de un camino de tierra que terminaba a orillas de río Lagarto, en cuya boca estaba el caserío de Salud. Aquí contratan una docena de cargadores costeños, quienes en sus jabas caminaron 14 millas por unas playas que Wetmore y Watson consideraron las más hermosas que habían visto.

La población del caserío de río Indio era gente negra, llamados costeños, playeros o naturales. Las casas eran ranchos de tambo con pisos y paredes de madera y techos de pencas. Sin escusados, para lo cual servían las playas. Al anochecer, las casas se alumbraban con lámparas de querosín y velas. No había acueducto, clínica, farmacia, telégrafo, teléfono, electricidad, ni carretera. Cada dos semanas llegaba de Colón, a pie, el cartero. El caserío tenía, una tiendita que doblaba de cantina. Tienda que vendía harina, jabón, fósforos, machetes, hachas, anzuelos y cuerdas de pescar. El único símbolo de la presencia estatal era la escuelita. Río Indio tenía una capillita, su gente eran devotos del Cristo Negro de Portobelo.

Subsistían las familias de la agricultura de roza y quema. Para ellas el cocotero era lo que para los árabes del desierto la palma de dátil. El arroz con coco, su comida por excelencia. Cada una tenía sus palmas para extraer aceite de cocinar y remedios caseros. En verano, cuando el oleaje de la brisa norte impedía la pesca, los carpinteros de ribera reparaban los cayucos con estopa de coco y alquitrán.

La venta del guineo, coco, concha de tortuga carey eran su fuente de ingreso. En 1952, la principal actividad era el cultivo del banano, cuyo auge lo estimuló la Segunda Guerra Mundial, cuando a la región se le apodó la Costa de Oro. A veces llegaban lanchas de Colón, como la Tumbaito de Antonio Tagarópulos, llevando y trayendo mercancías y pasajeros. Sin puerto ni muelle, las lanchas anclaban afuera de la barra a espera de que los botes grandes que desafiaban el oleaje trayendo los racimos pagados a 10 céntimos cada uno.

Para las mujeres el río era el lavadero, tendedero de ropa y centro social. Un día una mujer lavaba cerca de la boca ayudada por su hijita que estaba con el agua a la cintura. Súbito, la niña gritó. Un tiburón le agarró su pierna y la arrastraba. Corrieron y agarrándola por las manos se la quitaron. Tenía graves heridas y moriría desangrada. Don Alejandro escribió una nota y envió a un joven a caballo al teléfono más cercano, donde llamaron a Albrook de donde vino un helicóptero que la llevó al hospital.

Cuando María Asista regresó, venía sin su pierna. Comentaba don Alejandro y su asistente, que a pesar de la suma pobreza en que ella vivía, siempre canaleteaba su cayuquito cantando con una hermosa sonrisa como la más feliz de las niñas.

Preocupaba a don Alejo la deforestación que vio en Azuero, donde los potreros rápidos avanzaban hacia las cabeceras de ríos y quebradas. En el futuro habría menos aguas y se aceleraría la erosión de los suelos, historia que había visto por Hispanoamérica.

Con el incansable apoyo de istmeños como Pedro Galindo Vallarino y Rubén Darío Carles, no descansaron hasta que en 1966 se estableció el Parque Nacional Cerro Campana.

Las selvas del caribe son nuestra última reserva hidrológica, tres de cada cuatro galones de lluvia que la naturaleza nos dispensa caen sobre estas selvas. Súbito, se negoció la apertura de una gran mina de cobre a tajo abierto. También avanza la carretera Colón-Bocas del Toro. Me recuerda cuando la carretera Panamericana alcanzó el río Chucunaque en Darién. Desde Chepo hasta Yaviza, por doquier, ardía la selva, como si el hombre le hacía la guerra a muerte a la naturaleza, que le da la vida. Esperemos que esta vez seamos más sensatos.


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