De tiempos inmemoriales un alimento vital en los trópicos de las Américas ha sido el fruto de la palma que en Panamá llamamos pifá. En otros países se le conoce como chontaduro o pejibaye, pipire, pijuayo, pixbae, cachipay, pibá, chima, chonta o tembe. Su nombre científico en latín es bactris gasipaes. En el campo es común encontrarla en las fincas de los campesinos junto con las palmas y árboles de cacao.
En el Chiriquí de mi infancia, la tortilla de maíz amarillo y el pifá eran obligantes al desayuno. Mi abuela y mis tías lo hervían en grandes pailas de hierro en fogón de tres piedras manteniendo tibia el agua con tizones de leña, por lo cual el pifá podía comerse a cualquier hora. Tanto indígenas como campesinos han considerado que esta fruta da mucha fuerza para quien trabaja la agricultura.
Cuando teníamos que llevar en bote cargas pesadas, palanqueando y canaleteando por horas, el pifá era indispensable.
En 1980 estudiaba a los campesinos de la Cuenca del Canal, cuando conocí en la comunidad de El Cacao, sector de Lago Gatún, al señor Octavio Rodríguez, campesino quien iba a cosechar sus palmas de pifá.
El problema más serio para cosechar los racimos es que el tronco de las palmas están recubierto de grandes espinas, cuya punzada duele muchísimo. Subirse a cortar un racimo, no es cosa fácil. Me explicó el uso de un instrumento rústico pero muy ingenioso para subir una de estas palmas “espinúas”.
Para construir el aparato llamado trampa, buscaba madera fina, resistente, especialmente el “alcarreto” y el “gasparillo”, este último es muy buscado para hacer rejos para montar a caballo.
La madera fina es necesaria, pues según don Octavio, la palma se come la madera de la trampa fácilmente. Las piezas de madera de la trampa las amarraban con bejucos fuertes, del “chumico” y del llamado “bejuco colorao”.
En El Cacao la cosecha la realizaba en junio, julio y agosto. La mayor parte de la producción se vendía en La Chorrera, en el llamado Mercado Grande. El pifá lo compraban por lote, un lote constaba de tres cargas. Cada carga contenía diez racimos.
En esta ocasión, Don Octavio cosechó todo su pifá maduro, treinta racimos. Como era usual, se lo vendió a intermediarios que lo llevaban a La Chorrera y al viejo mercado público municipal de la capital.
El precio variaba según el tipo de pifá, si era pequeño o grande, si es rayado, si el fruto está bonito o maltratado. Una carga la podría vender a $15 balboas y a veces hasta $20. Don Octavio tenía veinte palmas en producción y otras ochenta en crecimiento. Me dijo “voy a sembrá maj porque da buena cuenta”. Una palma le daba de diez a doce racimos, escalonadamente.
Según él, en el sector de El Cacao, distrito de Capira, había tres clases de pifá: “La conga”, cuyo tronco no tiene espina y su pifá era de color amarillo.
La palma llamada “espinúa”, cuyo fruto es colorado y grande y el llamado “domenico verde” producido por una palma que tiene espinas, mas no tantas.
A pesar de que es una palma muy bien adaptada al suelo y el clima de Panamá y ser un alimento saludable y de primera calidad, en la Cuenca del Canal, buena parte de la producción se perdía a falta de caminos y al sistema de los intermediarios que explotaba a los campesinos.
No obstante, su vital importancia para la alimentación de la gente del campo y la creciente demanda por la población urbana que gradualmente está adquiriendo un mayor gusto por este delicioso producto, la investigación científica en el Istmo ha sido casi nula, ya sea para mejorar las variedades los métodos de siembra y cosecha y su procesamiento industrial. Estamos seguros de que el fruto de esta noble palma tropical sería un excelente producto de exportación que nuestra gente conoce bien.
Don Octavio tenía a la sazón, 61 años. En donde esté, mucho me alegraría que pudiera verse cuando lo retraté hace 43 años.